Más de 30.000 flores llegadas desde Galicia cubrieron el paso de León XIV en la procesión del Corpus
SOCIEDAD
Madrid amaneció vestida de claveles con 16 alfombras efímeras de Ponteareas por toda la calle Alcalá
07 jun 2026 . Actualizado a las 14:19 h.Madrid amaneció con el suelo vestido de claveles. Más de 30.000 flores, llegadas desde Ponteareas tras un viaje de 600 kilómetros, cubrieron el centro de la capital en 16 alfombras efímeras por las que avanzó la procesión del Corpus con León XIV. «Venimos con las flores de un deseo (...) para que nos las cambies en frutos de Verdad», cantaban los fieles —más de 1,2 millones, según la organización—. El negro firme de la madrileña calle de Alcalá quedó engalanado desde la madrugada con la tradición de un pueblo gallego que lleva más de dos siglos haciendo de las flores una forma de fe.
Detrás de aquel tapiz no había solo ornamentación, sino memoria. La de Ponteareas, localidad pontevedresa donde las alfombras del Corpus se transmiten de generación en generación, y la de cerca de 200 voluntarios que durante la noche trabajaron inclinados sobre la calle Alcalá para levantar más de 720 metros cuadrados de dibujos florales.
La tarea empezó cuando la ciudad empezaba a vaciarse. Primero las lonas, luego la tiza sobre el suelo, después los perfiles y, por último, los pétalos. Había que trocear las flores, deshojarlas y colocarlas con rapidez antes de que la intemperie las venciera. Durante horas, la calle Alcalá fue un taller a cielo abierto. Ordenadas durante la noche, las flores fueron la alfombra de una procesión que llevó a León XIV hasta una de las pocas iglesias que asoman a la Gran Vía, esa arteria de 1,36 kilómetros acostumbrada a los carteles luminosos, a las cadenas de comida rápida, a los musicales y a las obras teatrales. Casi en el número 1, en la confluencia con Alcalá, la parroquia de San José esperaba como esperan las iglesias antiguas en medio del ruido: sin imponerse, pero sosteniendo la escena.
Su fachada de ladrillo rojizo, coronada por una Virgen del Carmen, forma parte de una de las postales más reconocibles de Madrid, frente al edificio Metrópolis y junto a la mole solemne del Banco de España. Miles de personas pasan cada día por delante de sus puertas sin detenerse. Este domingo, sin embargo, el templo dejó de ser fondo urbano para convertirse en uno de los puntos de paso de la procesión del Corpus.
Dentro, la historia del templo añadía otra capa a la escena. San José no es solo una iglesia en un cruce célebre de Madrid. La actual parroquia ocupa el lugar del antiguo convento de San Hermenegildo, donde Lope de Vega celebró su primera misa como sacerdote en 1614. Su memoria está ligada desde sus orígenes a la espiritualidad carmelita y por ella han pasado santos, beatos, fundadores, misioneros, familias y comunidades que han hecho de esta parroquia algo más que una fachada conocida.
Por delante de San José avanzó León XIV con la custodia, en una calle acostumbrada al tránsito, a los escaparates y a los luminosos. La Gran Vía, que suele medir el pulso comercial y nocturno de la ciudad, quedó por unas horas incorporada a una geografía distinta: la de los fieles que buscaban sitio, los ministros preparados para distribuir la comunión, los paraguas blancos señalando los puntos donde recibirla y una parroquia volcada en una celebración que desbordaba sus puertas.
Fuera, sobre el asfalto, Ponteareas había extendido un jardín imposible: claveles blancos, amarillos y rojos, por los colores del Vaticano, y verdes, por Galicia. Sobre las alfombras aparecían motivos eucarísticos, las llaves de San Pedro, la cruz, la ondulación de los diseños tradicionales y una concha de vieira que convertía también al Papa en peregrino, camino de Santiago. Incluso los materiales fueron pensados para el paso solemne de León XIV: los perfiles tradicionales se adaptaron para que la alfombra no fuera solo bella, sino también transitable.
La grandeza de aquel trabajo estaba precisamente en su destino. Horas de preparación, una madrugada sin sueño, cientos de manos inclinadas sobre el suelo y una tradición de más de dos siglos para levantar una belleza que duraría apenas lo que tardara en pasar la procesión.