Gabriel Serrano: «Igual que enseñamos a los hijos a comer, hay que educarlos en redes sociales»
SOCIEDAD
El experto en adicciones en adolescentes dio una charla en Ourense
30 abr 2023 . Actualizado a las 05:00 h.En la adolescencia se empiezan a formar los rasgos de personalidad, pero todavía no están desarrolladas en su plenitud ciertas zonas cerebrales relacionadas con el juicio o el control de impulsos. Por eso el uso de las redes sociales o la pornografía, incluso en frecuencias bajas, puede tener consecuencias. Del uso y sobre todo el abuso que lleva a un problema de adicción habló el psicólogo Gabriel Serrano en la charla que dio en Ourense invitado por la Sociedad Gallega de Bioética (Agabi).
—¿A qué edad deberían tener redes sociales los adolescentes? Porque si todos sus amigos tienen y ellos no, eso acaba siendo negativo también.
—Las propias redes sociales cuando vas a hacer la cuenta te preguntan si eres mayor de 14 o 15 años. Este dato ya nos dice mucho. Los creadores ya advierten que sería precoz tenerlo antes. Yo apuntaría más hacia educar a los niños en el control, no en el sentido de padres helicóptero que están encima de sus hijos, sino en el de tener ellos un juicio: hasta qué punto esto me hace bien o me hace mal. Por la maduración neuronal nos iríamos a 16 o 17 años, incluso más. También hay que ver en qué medida las redes se han vuelto necesarias. Las relaciones sociales no se dan de tú a tú, sino que ahora tenemos grupos y nos relacionamos por medio de Tik Tok, Instagram o WhatsApp. Aquí está la ambivalencia: que un adolescente de 15 o 16 años no tenga una red social puede ser un riesgo en el sentido de «no me entero de los planes o no estoy tan al tanto de esto». No son solo de carácter social, también se utilizan en el ámbito académico. Son necesarias. Lo importante es la educación que se haga sobre ellas, que haya un horario de uso de las redes sociales, que no exista una dependencia y no se propague este descontrol de estoy horas y horas con mi teléfono.
—Los adultos también están horas pegados al móvil...
—En el 2021 un autor decía que la media de uso del teléfono en Estados Unidos es de 3,5 horas diarias. Si trabajamos ocho, hablamos de un tiempo bastante potente que dedicamos al móvil. Es casi media jornada laboral. Y pasa otra cosa. Si los usos fuesen: voy a estar 20 minutos solo con el móvil sería fenomenal. Pero, ¿qué sucede normalmente? Estamos en lo que se denomina un refuerzo intermitente, que es el mecanismo que se utiliza en las tragaperras o en los casinos, el hecho de «a ver qué sale ahora, si sale el premio». Aunque los tiempos de uso sean de tres horas y media, a lo largo del día hay muchos microconsumos, de 15 o 30 segundos, o uno o dos minutos. Eso provoca que la persona no termina de conectar con el móvil ni con lo que está haciendo, porque está a las dos cosas.
—Mejor dedicarle el tiempo completo, 20 minutos seguidos, que 20 veces de un minuto.
—Sí. Yo diría: prueba a estar 15 o 20 minutos en el móvil, pero con control, es decir, decidiendo de antemano que vas a estar este tiempo. Y después dejarlo. Pero aquí viene el otro matiz, del scroll, que es extremadamente adictivo: a ver qué me sale, este no me gusta y paso al siguiente. Es tan fácil como mover un dedo.
—Pasa muchas veces, entro un minuto pero pasa media hora...
—En efecto. Es algo muy típico, no solo en los adolescentes, pasa también en los adultos. Si lo trasladamos al casino o al alcohol es como decir me tomo una y me voy, pero después ya que estoy bebo dos más y llegado a ese punto, como ya he caído, me meto del todo. El consumo te atrae, te engancha y te quedas ahí. Y el resto pasa a ser secundario, que es lo que pasa muchas veces con estas redes sociales, que ya no solo envuelven tu percepción visual, sino también la auditiva y despiertan muchas emociones, que hacen que te mantengan enganchado.
—¿Cómo podemos poner coto con el tiempo regulado?
—Hay que entender que las redes sociales no son negativas, tienen muchísimas cosas positivas por darnos. Y fueron fundamentales en la pandemia para que pudieran comunicarse con sus compañeros, hubiera sido prácticamente imposible mantener las alianzas como se hizo. No hay que demonizarlas. Los consejos pasan por educar. Igual que enseñamos a nuestros hijos a asearse, a comer, a vestirse, también tenemos que educarles en el uso de redes sociales. Y se hace poniendo un tiempo, hablando sobre lo que suelen ver. No se trata de estar pendientes de forma exhaustiva, porque en niños y adolescentes cuanto más estamos encima de ellos, más nos pueden llegar a ocultar. Aquí sería tener el límite de uso, solo se usa hasta las diez de la noche. Y no depender del móvil. Que se gestionen el tiempo y busquen una actividad para hacer o que aprendan a aburrirse, que es también muy importante. Muchos padres dicen que siguen a sus hijos en redes sociales, pero insisto en que no hay que apabullarles, simplemente estar y que se hable de ello. Y lo mismo ocurre con la pornografía.
—Un tabú en muchas familias.
—La conversación sobre sexualidad es algo que los padres rehúyen mucho y es una de las dimensiones más importantes de una persona. Si los padres no hablan de sexo con sus hijos, que se queden tranquilos, que ellos ya lo averiguarán y responderán sus preguntas con sus compañeros. Al final se les está generando un mayor daño, no desde la culpabilidad sino porque no se está atendiendo una necesidad básica que sería responder preguntas sobre sexualidad. Eso es lo que recomiendo: una comunicación muy abierta acerca de estos temas.
«Cuando está generando un conflicto hay un problema»
Gabriel Serrano explica que en la adolescencia se produce un deterioro del sistema prefrontal, en el control de impulsos, y un incremento en las conductas agresivas, un deterioro en la capacidad de empatía, concentración, mantenimiento de atención y memoria. Hablando de estas consecuencias, en función del uso, las redes sociales van afectando de una forma u otra, no solo al cerebro del adolescente que todavía está madurando, sino también a la personalidad.
—¿Cómo sabemos que es un problema y hay que mirarlo?
—Cuando está generando un conflicto. Un adulto que duerme peor porque se queda viendo Tik Tok, se desconcentra, está llegando tarde al trabajo o aplaza hacer cosas porque está en redes sociales. Cuando está generando un conflicto y aún así no somos capaces de dejarlo. Se crea un problema cuando lo utilizamos como una estrategia de regulación emocional: me siento triste o estoy aburrido, no sé qué hacer y me voy a poner a cotillear, a ver lo que hay por ahí, lo que ha subido tal persona u otra. Otro factor que habría que tener en cuenta es qué pasa cuando no tengo acceso. Sucede sobre todo en los niños cuando llegan a quitarles el móvil o la tableta y empiezan a chillar y no saben qué hacer. Y también pasa entre adultos. Ahí vemos esa dependencia. Otro factor es el fomo (por las siglas en inglés de fear of missing out, miedo a quedarse fuera), que es algo novedoso, empezó a estudiarse hacia el 2019. Es el miedo a perderse aquellas cosas que son más novedosas de las redes sociales: a ver qué ha sacado determinada persona en redes o necesito revisar mis grupos de wasap. Esa situación de «me llega una notificación y tengo que coger el móvil ya». Se ve que está teniendo un impacto bastante potente en niños, adolescentes y adultos.