El gallego que recorre Europa a monte

María Viñas Sanmartín
maría viñas REDACCIÓN / LA VOZ

SOCIEDAD

Hace un par de semanas a los pies de los Dolomitas, en la ciudad italiana de Bolzano.
Hace un par de semanas a los pies de los Dolomitas, en la ciudad italiana de Bolzano. Juan Pedro Blanco

Tiene 24 años y hace dos meses cogió la bici y echó a rodar sin ningún destino

28 nov 2022 . Actualizado a las 19:12 h.

«Ahora mismo, en este preciso instante, lo que más echo de menos es un plato de lentejas de mi madre; daría un brazo por él». Juan Pedro Blanco Mira, Juanpe, habla al otro lado del teléfono desde los Alpes Julianos, suelo esloveno. Es media tarde, pero lleva ya más de una hora en el interior de su tienda de campaña, fondeada en la nieve a más de dos mil metros de altura. La oscuridad, mate, y el frío, incisivo, poco más le permiten hacer una vez que ha caído el sol. «Es, de todo, lo más duro, la cantidad de horas sin luz —admite—. Y para esta noche dan diez grados bajo cero». Lo comenta sin pizca de gravedad, y entre risas dice: «A ver qué tal va». Por la mañana, confirma superado el reto y advierte en un mensaje que ya está de nuevo en ruta; 24 horas después envía una foto del mar Adriático. Tiene 24 años. Hace dos meses cogió la bici, salió de su casa de Brión —a 13 kilómetros de Santiago— y se subió a un tren hasta San Sebastián, punto de partida de un particular Hacia rutas salvajes —la adaptación cinematográfica de la historia de Christopher McCandless, nómada norteamericano que se entregó a vagar sin rumbo por los bosques de Alaska— que, asegura, es lo mejor que le ha pasado nunca.

Recién soltero y con ahorros tras un verano dando el callo como forestal, Juanpe decidió lanzarse a la aventura de un día para otro. Sin itinerario ni meta, tampoco fecha de regreso. Pedalea sin GPS —parando, preguntando y siguiendo las indicaciones— y lleva ya 2.300 kilómetros a sus espaldas que va documentando en un canal de YouTube y en el perfil de Instagram MundoSinRumbo. Viaja solo. Nunca paga por dormir. Y no come ni bares ni en restaurantes, salvo algunas excepciones. «En lo único en lo que gasto es en el supermercado, para ahorrar mucho y poder llegar lo más lejos posible —cuenta—. Duermo en la tienda de campaña, en pleno monte, o donde encuentre, el otro día dormí en una abadía, en Austria, y a veces la gente me invita a sus casas». Y cuando se le pregunta que dónde ha dejado el miedo, a los animales salvajes y a los extraños, responde sincero: «Lo que me está demostrando esta experiencia es que el ser humano por naturaleza es buenísimo, que siempre quiere ayudar». Confiesa, eso sí, no haber estado nunca tan al límite: «En una situación así, estás muy expuesto, eres cien por cien vulnerable al entorno, sabes que por muy mal que se pongan las cosas no puedes llamar a nadie para que te venga a ayudar».

Como los desafíos, las condiciones duras pintan tentadoras, resultan adictivas. Este embajador aventurero —así le llama su padre— peca además de testa dura, es de esos que se vienen arriba cuando las cosas se ponen imposibles. Antes de colgar, relata lo «horrible» y al mismo tiempo maravilloso que fue la jornada que deja atrás, una despedida de la cordillera por todo lo alto. Avanzaba la previsión tremendas nevadas, pero él, erre que erre, quería abandonar los Alpes atravesando un paso de montaña. Cuando le contó sus planes a la familia eslava que le había acogido, la reacción fue drástica: «‘Es una auténtica locura’, me dijeron. Daban muchísima nieve, me advirtieron de que se me iba a hacer de noche, de que iba a tener que arrastrar la bici, me insistieron en que no lo hiciera. Y entonces me entraron más ganas de hacerlo».

Efectivamente, al poco de meterse en carretera el asfalto desapareció bajo un manto blanco. Juanpe remolcó la bicicleta durante una hora para avanzar apenas 200 metros, y ahí dudó, pensó en volver, pero finalmente optó por desmontar las alforjas y subir caminando hasta la cima para dejar allí, primero, todas sus cosas. Regresó a la base para recuperar a su inseparable compañera y de nuevo enfiló la pendiente, cargando con el aluminio con el hielo cuajado hasta la cintura. Cuando llegó atardecía. «Fue impresionante, estar ahí, en mitad de la nada», recuerda. Se apresura sin embargo a precisar que, si tuviese que quedarse con un solo momento de los vividos, elegiría otra cumbre, la que alcanzó en el Paso del Stelvio, en Italia, a 2.800 metros.

«La carretera estaba cortada, pero me colé —cuenta como un niño travieso—. Tardé dos días en subir, me crucé con un operario que intentó disuadirme a gritos, pero me hice el loco y cuando por fin llegué me eché a llorar como un bebé. Estaba amaneciendo. A mis pies, un mar de montañas, inmenso, completamente blanco. Fue muy emocionante». Pero no es ese el instante al que se aferra, que llegó a continuación: «La cara de bajada estaba cubierta de mucha nieve muy compacta, prácticamente congelada, porque era muy temprano. Y la bajé esquiando con la bici. Iba montado en el sillín y la bicicleta se deslizaba. Fue lo más chulo que he hecho en mi vida».

Juan Pedro Blanco

Tras atravesar Francia por su cara sur, recalar en Chamberí y Chamonix, pisar Suiza —«terriblemente cara»—, el norte de Italia, Austria y Eslovenia, Juanpe puso rumbo al sur. Pero entre ceja y ceja se le instaló un nuevo destino: «Ahora me he encaprichado con Georgia, sabe Dios, cambio de planes cada día».