«Éramos ciudadanos de segunda»

Se cumplen 15 años de la ley que permitió casarse a Emilio y Carlos

COLPISA
Madrid

Se conocieron en febrero de 1975 en un gélido Madrid bajo la dictadura de un Franco ya débil y enfermo, pero que aún perseguía con mano de hierro «a los maricones», término oficial para los homosexuales en aquella España gris. Carlos, un atractivo estadounidense con cierto aire a Paul Newman, tenía entonces 28 años y estudiaba psiquiatría. Emilio estaba a punto de cumplir los 20. Se enamoraron y pronto decidieron irse a vivir juntos, pero pensaron que si se quedaban en España tendrían que dar demasiadas explicaciones, escudarse en demasiadas mentiras. Se instalaron en Boston y vivieron unos años que Emilio sigue recordando ahora como «maravillosos», a pesar del poso de amargura de saberse incomprendido por su entorno familiar.

En Boston los dos trabajaban en un hospital, Carlos de psiquiatra y Emilio, de técnico de laboratorio. Vivían felices y con comodidad, pero España les seguía tirando. Tuvo que pasar un tiempo para que la pareja diera el salto de vuelta a Madrid. Fue en 1984. Felipe González llevaba dos años gobernando con mayoría absoluta y las cosas, también aquí, empezaban a cambiar. Buscaron trabajo y adquirieron el ático de la calle Fuencarral en el que aún residen, y donde hoy disfrutan de su jubilación, Carlos, como psiquiatra, y Emilio, como jefe de escaparatistas de El Corte inglés. Su afición por las plantas, los gatos, la lectura y los paseos no ha variado en todos estos años.

Carlos y Emilio tenían claro que querían oficializar su relación, pero no pudieron hacerlo hasta el 11 de julio del 2005. Fueron los primeros en beneficiarse de una ley impulsada personalmente por el presidente José Luis Rodríguez Zapatero, aprobada en el Congreso el 30 de junio del 2005 y publicada al día siguiente en el BOE con un histórico párrafo en el que se modificaba la regulación de los enlaces matrimoniales en el Código Civil: «El matrimonio tendrá los mismos requisitos y efectos cuando ambos contrayentes sean del mismo o de diferente sexo». Diez días más tarde, el 11 de julio, Emilio Menéndez y Carlos Baturín se casaban en el Ayuntamiento de Tres Cantos, a 20 kilómetros de Madrid, donde Marta, la hermana de Emilio, había sido concejala.

 Mi padre nos regaló un crucero

A la primera boda gay de España acudieron una veintena de familiares y amigos, entre ellos la madre de Emilio, de 88 años, a la que su hijo miraba con orgullo, y que les regaló el crucero por el Adriático en el que se embarcaron en su luna de miel. No hubo detalles que no captara la nube de cámaras que siguió la ceremonia. El psiquiatra vestía de azul y blanco; el escaparatista, de naranja y beis. Los anillos, de oro blanco con un diamante. «Os declaro unidos en matrimonio». A las 18.10 horas, entre aplausos y flashes, ya estaban casados. Treinta años después de aquel primer encuentro, estaban haciendo historia. Hoy Emilio tiene 65 años y Carlos, 73 y algunos achaques «propios de la edad», dice su marido. Su convivencia se ha transformado en una rutina agradable. Emilio habla de cómo han cambiado las cosas en estos tres lustros. «Entonces éramos ciudadanos de segunda, hoy ya no, estamos completamente igualados. Puede que haya alguien a quien no le gustemos, pero legalmente ya no existe ninguna discriminación», se congratula.

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