Llevo décadas estudiando las hormigas de A Coruña. De niño, mientras mis padres tomaban el aperitivo en la terraza del antiguo Manhattan, yo exploraba las grietas del pavimento en busca de insectos, a los que intentaba sobornar con el azúcar birlado de los pocillos.
07 abr 2020 . Actualizado a las 05:00 h.Llevo décadas estudiando las hormigas de A Coruña. De niño, mientras mis padres tomaban el aperitivo en la terraza del antiguo Manhattan, yo exploraba las grietas del pavimento en busca de insectos, a los que intentaba sobornar con el azúcar birlado de los pocillos. Era el típico espeleólogo de acera, el clásico entomólogo dominguero con aspiraciones de rodar un documental para la BBC sobre el cemento de la plaza de Pontevedra.
Uno deja de ser niño cuando las hormigas ya no las tiene sobre la mano, sino en una lámina de Dalí en el salón. A Dalí, como a todos los surrealistas, le fascinan las hormigas y las pone mucho en sus cuadros para representar esos sueños con bichos y relojes derretidos que a todos nos acechan de tiempo en tiempo. Pero cuando uno cree que ya se ha civilizado y que no va a jugar de nuevo con hormigas, llega la vida y le sorprende con una hormiga que mea fuera del tiesto, una hormiga díscola que aparece donde no debe.
Las hormigas más famosas de A Coruña, ahora mismo, son las inquilinas del Palacio de la Ópera, que, al parecer, caen desde el techo del auditorio sobre las partituras de la Sinfónica de Galicia. Los maestros de la orquesta se han acostumbrado a que aterrice de vez en cuando una hormiga en el atril. Las ven pasearse por sus pentagramas mientras levantan a pulso su sinfonía o su réquiem, y la hormiga, al deslizarse por las páginas, se va haciendo también algo melómana. Hasta empieza a distinguir a sus autores favoritos (Wagner las pone algo nerviosas, y en cambio Mozart las vuelve locas de contentas).
La cuarentena ha dejado el mundo durante unos días en manos de los animales, que husmean intrigados la realidad: ciervos que chapotean en la orilla del mar, delfines surcando el agua limpia de las dársenas y familias de patos paseando por las avenidas. Por eso mismo me acuerdo mucho de las hormigas del Palacio de la Ópera y me pregunto qué andarán haciendo con todo el planeta para ellas solas. Supongo que, para aliviar su soledad, se dedicarán a leer las filas de corcheas olvidadas sobre las butacas vacías.
Cuando volvamos al auditorio habrá que contarles que, mientras ellas no nos oían, los músicos se enchufaron al ordenador para seguir tocando desde casa todos juntos. Y que pocas orquestas hacen sonar a Elgar así de bien. Aunque eso, claro, las hormigas ya lo saben. Por algo han tenido el buen gusto de quedarse a vivir en A Coruña.
Como será todo esto que nos están pasando que empezamos a tener nostalgia de cosas que antes parecían molestarnos. Lo que daríamos ahora por tener en la palma de la mano a una de estas entrañables okupas del Palacio de la Ópera.