Nos vemos en el súper

SOCIEDAD

Óscar Vázquez

Quedar en estos establecimientos sin romper la distancia de seguridad es una de las medidas que algunos han tomado para poder ver al ser querido y esbozar una sonrisa

19 mar 2020 . Actualizado a las 16:00 h.

La necesidad de ver a nuestros seres queridos, a nuestras parejas, a nuestros amigos hace agudizar el ingenio de algunas personas que, sin romper las normas y manteniendo la distancia de seguridad, coinciden en el supermercado del barrio a una hora concreta para verse. Solo eso. Mirarse a los ojos y esbozar una sonrisa. Imagínate una pareja de enamorados que acaba de iniciar su relación y que la cuarentena les ha obligado a no poder verse o a los padres que hace días que no coinciden con sus hijos, las videollamadas no son suficientes. Hay ocasiones en las que es necesario ver, aunque sea a dos metros de distancia, a la persona querida. Y eso es lo que algunos ya empiezan a practicar. 

A hurtadillas, como si el amor estuviera prohibido coinciden en la pescadería de este establecimiento o se ven en el reflejo de las puertas de los congelados. También en las colas para entrar en el establecimiento, sacan la cabeza y ven que está ahí. Diez puestos detrás de él. Exactamente igual que desde el pasado viernes, cuando la vio por última vez y pudo tocarla. Es la fuerza del corazón la que empuja a estas personas a tener unos minutos de encuentro y a hablar un rato si tienen ocasión. Sin querer romper las normas ni exponerse más de lo que ya están al maldito COVID-19 que nos ha obligado a confinarnos en casa y nos aleja de nuestro círculo más íntimo de personas queridas. 

También hay quien se las ingenia para sacar al perro a la misma hora y cruzarse en el parque. Hablarse a la distancia oportuna y al menos volver a escuchar su voz sin la intermediación de una línea telefónica o de una pantalla del ordenador. Porque la mascota les ha traído un soplo de aire fresco en este confinamiento. Una excusa para poder salir y verse. Coincidir aunque sea a dos metros de distancia en el mismo espacio. 

Detrás de cada puerta hay una historia de separación que contar. Algunos están solos en casa y el paseo al supermercado es el único momento del día en el que pueden respirar aire puro y sentirse libres. Otros lo viven en familia, con niños pequeños, y matan las horas intentando entretenerlos para que no pidan salir a la calle. Otros tienen más de 60 años y son población de riesgo. Se han visto obligados a no poder ver a sus hijos ni nietos por si los contagian. Los días comienzan a hacer mella en algunos y ven en las citas del súper una salvación. Eso sí, a dos metros de distancia, por favor. 

Rogelio, de caminar seis kilómetros cada noche a no poder hacer su caminata

Emiliano Mouzo

Rogelio García García es natural de Monteagudo, en el término municipal de Arteixo. Tiene 89 años, y desde los 26 vive en la avenida de Fisterra, en A Coruña.

Hace siete meses que perdió a su mujer, y aunque tiene hijos, «vivo só, non quero que os meus fillos deixen as súas vidas por min, aínda que están sempre encima miña para axudarme». Esta situación de soledad, aceptada o buscada por él, hace que no le tenga miedo al COVID-19: «Se me contaxio e morro, vou», dijo Rogelio rotundamente.

Por eso ayer bajó de su domicilio de la avenida de Fisterra. Apoyado en su bastón caminaba diariamente desde las Esclavas hasta la antigua cárcel provincial, y volvía a casa, «son uns seis quilómetros diarios».

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