Carbón de Reyes

¿Te resulta familiar este combustible fósil? Hace varias generaciones que la expresión ha ido perdiendo su significado original


A los niños de hoy la amenaza de que los Reyes les puedan dejar carbón no les dirá gran cosa. Si acaso, lo verán como algo siniestro relacionado con la contaminación o el calentamiento global, que son nuestra nueva metafísica del mal. Difícilmente habrán sostenido nunca carbón en su mano. Creo que mi generación fue la última en tener alguna familiaridad con ese combustible fósil. Había entonces todavía carboneros que recorrían las ciudades repartiéndolo por las casas, con sus caras sudorosas y manchadas de negro, con su carro precario tirado por un caballito tiznado de hollín. Bastantes viviendas aún contaban con «bilbaínas», como se llamaba a las cocinas de carbón. Mi abuela Ángela tenía una de esas y, cuando íbamos a verla, abría la maciza escotilla de hierro vasco y nos preguntaba a los niños pequeños: «Onde está o inferno?» Mudos, señalábamos con temor la boca ardiente de la cocina, y nos quedábamos embobados contemplando el fuego. Todo fuego es hipnótico, pero la llama densa del carbón es especial. Es como una mano caliente que te atrapa. Tiene algo trágico y espiritual. Es efectivamente, como la llama el infierno, y juro que nosotros veíamos danzar entre las llamas a unos diablos colorados con sus tridentes. Por eso no nos sorprendía que el carbón fuese, en la mañana de Reyes, el castigo por haberse portado mal: sucio como un mal pensamiento, negro como una mentira, ardiente como un pecado. Era una señal ominosa, verlo apilado en los trenes que pasaban por la estación de Lugo, o divisar al carbonero mismo, como un inquietante rey Baltasar revolviendo el carbón vegetal con su pala. Ahí iba toda la maldad de los niños. Preferíamos no pensar mucho en la cuestión, pero si le hubiésemos dado algunas vueltas, quizás hubiésemos llegado a la conclusión de que mucho de aquel carbón también venía de Oriente, como los magos, de la vecina Asturias, esa tierra, precisamente, de reyes y carbón. Aparecía en nuestros libros escolares: la imagen de un minero asturiano con su luz en el casco, picando carbón en el vientre de una galería. A veces salía en el periódico alguna noticia trágica relacionada con el carbón, una explosión de grisú, un derrumbe en un pozo; y mi abuela, quizás, hacía con la página de sucesos un cucurucho de papel con el que encendía el brasero.

El carbón tenía, decididamente, algo de malévolo. Y, sin embargo, lo del carbón por Reyes siempre fue una amenaza hueca. El único carbón que he visto que trajesen los monarcas de Oriente es el carbón dulce de azúcar tostado que dejaban alguna vez en broma junto a los regalos. Pero si lo han traído alguna vez, ya no lo traerán más. Este año que comienza está previsto que cierren las últimas minas subterráneas en España -creo que quedará solo una a cielo abierto en Teruel-. Ya hace casi cuatro años que echaron el candado las de Gran Bretaña, que llegó a ser una isla de hollín y vapor. También cerró el mes pasado el último pozo de las famosas minas del Ruhr, causantes de dos guerras mundiales y de la Unión Europea. Desde el año pasado ya no hay carbón berciano, después de haber subido a la superficie el último turno de su última mina. Y el año que viene se acabará la extracción de carbón en Asturias. Se pone así fin a una era épica y trágica en las entrañas de la tierra. No hay que lamentarlo, porque se entiende que ahora existen alternativas mejores, pero siempre que algo acaba hay que saber despedirlo con gratitud. Al final, el carbón era un castigo, pero también un regalo, era algo bueno y algo malo a la vez. Como todo lo que atesora la naturaleza.

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