Las otras reliquias de Santiago

No solo del cuerpo del Apóstol se nutre Compostela; un retablo expone el enorme tesoro catedralicio

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Las otras reliquias de Santiago No solo del cuerpo del Apóstol se nutre Compostela; un retablo expone el enorme tesoro catedralicio

santiago / la voz

Diego de Gelmírez lo sabía bien. Quien tenía una reliquia, tenía un tesoro. Sobre unas reliquias, las del apóstol Santiago, se había fundado su todopoderosa iglesia. Pero a más reliquias, mayor importancia tenía la iglesia. Así que, en el año 1102, no lo dudó. Se fue a Braga -con la que competía Santiago- y robó. Robó a San Fructuoso, a San Silvestre, a San Cucufate y a Santa Susana. Además, ese robo lo dejó por escrito en la crónica sobre su mandato. «Intentaríamos llevar a sede compostelana los preciosos cuerpos de los santos a los que ningún culto se les rinde aquí. Pero convendrá hacer esto de manera oculta para que la gente de esta tierra [...] no promueva contra nosotros una súbita sedición y no nos tengamos que arrepentir de haber intentado en vano lo que nos atrevemos a intentar». Así hablaba el prelado compostelano a los que lo acompañaron en un delirante capítulo de la Historia conocido como el pío latrocinio. Gelmírez iba a una iglesia, daba misa y se llevaba el cuerpo. No es, ni de lejos, el único. El tráfico de estos objetos era una práctica asentada durante la Edad Media. Las reliquias respondían a la necesidad atávica de ver, de tocar.

En diciembre de 1102, Gelmírez ganó. Y su victoria se puede ver de cerca todavía hoy. En una de las capillas más impresionantes de la catedral descansan todavía San Fructuoso, San Silvestre, Santa Susana y San Cucufate. Lo hacen junto a más de 70 reliquias de las cientos que Compostela ha ido atesorando desde que, en el año 899, Alfonso III enviase varias para la consagración de la catedral. El rey Casto cedió también una cruz que fue robada en 1906. Nunca volvió a aparecer, aunque en el retablo está expuesta la réplica del orfebre compostelano Ricardo Martínez. La colección de reliquias nunca ha dejado de crecer. Hay huesos, hay dientes e incluso hubo una espina de la corona de Cristo. Hay además telas de una gran importancia histórica. Y trozos de la cruz de Cristo. Se dice que Santiago llegó a tener el cuchillo con el que fue decapitado el Apóstol. Una de las últimas incorporaciones -también se exponen reliquias a los lados del retablo- es un trozo de la ropa que Juan Pablo II llevaba puesta el 13 de mayo de 1981, el día que sufrió el atentado.

Cada una de las hornacinas en las que descansan hoy los relicarios es un instante del devenir de Galicia y las reliquias sirvieron, entre los siglos XVI y XIX, con la ocultación de los restos del Apóstol, para satisfacer esa necesidad humana de ver para creer. Una de las piezas de mayor importancia del tesoro catedralicio es el busto relicario de Santiago Alfeo, testigo de la venganza que pergeñó Braga por el robo de Gelmírez. En el año 1108 el arzobispo Mauricio Burdino se llevó la reliquia de Jerusalén a Braga. Se estaba llevando la cabeza de Santiago Alfeo, aunque él no lo sabía. Creía que era la de Santiago el Mayor. Esa era su venganza: impedir que Compostela tuviese el cuerpo completo del Apóstol. Erró. Y Gelmírez volvió a ganar. En 1116, dona Urraca se apoderó de la reliquia y se la donó a Gelmírez, que la dota de especial veneración y la guarda en un arca de oro. Ahora Santiago no tenía una cabeza. Tenía dos. De dos Santiagos diferentes.

Lo cierto es que la importancia de la retablo de las reliquias de la catedral no solo tiene que ver con el contenido, sino con el continente. Algunas de las piezas más valiosas de la catedral son relicarios, y el retablo es un muestrario de las apetencias artísticas del momento. «Aquí hay un resumen muy bueno de relicarios españoles del Renacimiento y el Barroco», explica Ramón Yzquierdo, director del Museo de la catedral, que pone el acento en el busto que hoy guarda la reliquia de Santiago Alfeo, una pieza tallada en el siglo XIV, bajo el mandato de Berenguel de Landoira, y que se ha ido enriqueciendo con el paso de los siglos.

Claro que cuando Gelmírez cometió el pío latrocinio no existía ni la capilla, ni el retablo. El recinto se construyó en el siglo XVI. Las reliquias no se trasladaron allí hasta el año 1641, después de haber sido guardadas en diferentes lugares de la basílica compostelana. Una vez colocadas en el retablo manierista de Bernardo Cabrera y Gregorio Español, no volverían a moverse hasta 1719. Las sacaron por temor a una profanación por parte de los anglicanos. Ya había ocurrido en 1589, cuando se trasladaron a Ourense por un temor semejante.

La tragedia golpeó el tesoro catedralicio en 1921. Un incendio destruyó el retablo y varias reliquias. Lo que se pudo salvar, se salvó, pero hubo que construir un nuevo retablo bajo estrictas indicaciones. Cada reliquia debía tener un espacio reservado. Además, debía poder accederse a cada uno de los niveles desde la parte trasera del retablo. Así fue. Maximino Magariños talló el retablo que hoy se puede observar y las reliquias, que hasta ese momento se habían guardado en el Archivo, regresaron a la capilla.

Con el paso de los años, el retablo fue desmantelado porque la capilla no estaba abierta al público y las piezas más importantes se trasladaron al museo. Se podía ver durante una hora al día, cuando el canónigo trabajaba allí. En el 2001, los responsables del Museo se guiaron por el folleto que escribió el canónigo relicario en 1960. Y colocaron todo como estaba.

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