El fallido experimento del «yernísimo»

Cristóbal Martínez-Bordiú intentó en 1968 realizar sin éxito el primer trasplante de corazón de España. El receptor, un fontanero de Porto do Son, murió 26 horas después


a coruña / la voz

Hacía tan solo nueve meses que Christian Barnard había protagonizado el milagro de Ciudad del Cabo: conseguir que el corazón de Dénise Darvall, una joven oficinista muerta en atropello, volviese a latir en el pecho de Louis Washkansky. El médico sudafricano saltó a toda la prensa internacional como el autor del primer trasplante de corazón del mundo el 3 de diciembre de 1967, y en La Paz de Madrid, Cristóbal Martínez-Bordiú, marqués de Villaverde y marido de la única hija del entonces jefe de Estado, el general Franco, se lanzó el 18 de septiembre de 1968 al intento de repetir la hazaña. Una intervención en la que muchos vieron una maniobra más de la propaganda franquista para restaurar la deteriorada imagen de España, y otros una auténtica temeridad de quien buscó la oportunidad de colgarse una medalla tratando el despropósito de emular al pionero cirujano sin contar con mimbres suficientes. Ni en la Organización Nacional de Trasplantes figura a día de hoy aquel experimento fallido como el inicio de los implantes cardíacos en España. Dieciséis años más tuvieron que pasar hasta que en el Hospital Santa Creu de Barcelona los doctores Caralps y Oriol inaugurasen con éxito, el 8 de mayo de 1984, el recambio de latidos en España.

El fallido experimento del yernísimo, como se le conocía popularmente en clara alusión al título de su suegro, el generalísimo, supuso un acontecimiento de primer orden. Fue seguido con atención por la prensa nacional e internacional, y de forma especial en Galicia. No en vano el receptor era un fontanero de 41 años nacido en Porto do Son y afincado en Padrón que había emigrado apenas dos años antes a Madrid en busca de mejor fortuna.

Juan Alfonso Rodríguez Grille murió en la capital, cuentan que sin ni siquiera haber podido ser desconectado de la máquina corazón-pulmón de asistencia circulatoria. Habían pasado poco más de 26 horas desde que el equipo del marqués de Villaverde le implantara el órgano donado por Aurelia Isidro Moreno, vecina de Meco (Madrid) arrollada por un camión, y apenas medio día desde que el propio Martínez-Bordiú saliese a anunciar a la prensa, vestido de quirófano, el «éxito» de una operación que, según el marqués de Villaverde, había durado cinco horas y supuesto noventa minutos con el corazón de la donante fuera de su cavidad torácica.

«El enfermo se encuentra en franca mejoría, en estado estacionario, aunque tirando a mejor», dijo antes de añadir que, aunque los pacientes siempre podían recaer, «las 16 horas que lleva viviendo con el corazón nuevo representan un triunfo para cualquier parte médico». No logró que Barnard, cuya familia había veraneado en julio de ese mismo año en A Toxa despertando todo tipo de expectativas y la curiosidad general, viajase a La Paz, pero sí que acudiese su hermano Marius, también médico.

Apenas diez horas después, la situación había cambiado radicalmente. El fontanero gallego murió, según el parte médico oficial emitido entonces «a consecuencia de los graves trastornos metabólicos consecutivos a su insuficiencia renal aguda».

«Estoy desolado», manifestó el marqués, primer espada en una cirugía que había visto practicar al propio Christian Barnard «con la precisión de un relojero», rezan las crónicas de la época, meses antes en Madrid, aunque a otro tipo de paciente. Fue también en La Paz, pero en un pequeño quirófano experimental donde el 22 de mayo se agolparon sesenta personas para ver cómo el eminente doctor sudafricano colocaba «sin que sobrase ni faltase nada» un nuevo corazón... a un perro.

Aseguran los cirujanos que técnicamente el trasplante cardíaco no es una intervención de excesiva complejidad. Quién sabe si de ahí surgió el atrevimiento del yernísimo que, según algunos despachos de agencias, llegó a tratar de justificar el fallido intento de hacer historia en la medicina con un lacónico argumento: «Era un caso perdido».

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