La vida de película de la guerrillera número 35.435

El falangismo masacró al marido y al hijo de Placeres Castellanos; ella huyó al sur de Francia y acabó siendo parte de la Resistencia francesa contra el régimen nazi


santiago / la voz

-Para min era grande. Era alta, pero para min era enorme.

A Silvia Caldas le brilla la voz cuando empieza a recordar a su abuela, una de esas historias que permanecen mucho tiempo ocultas a pesar de que deben ser contadas. La abuela de Silvia se llamaba Placeres Castellanos. Era una activista, una mujer con simpatías comunistas que durante la República participó activamente en política. A la abuela de Silvia, como a tantos otros, el terror franquista le arrebató a su familia. Primero masacró a un hijo de 19 años, Víctor Jesús. Y después consiguió que su marido, que huyó al monte, se entregase. Lo amenazaron con seguir arrancándole hijos hasta que se diese por vencido. A Víctor Fraiz, sindicalista, político, orador excepcional y maestro en la parroquia de Vilaza, en Gondomar, lo mataron en 1937.

La abuela de Silvia tenía un activismo más sociosanitario. De esos que cambian el mundo, pero que no lucen mucho. Lo explica Elsa Quintas, a quien la historia de Víctor Fraiz la había acompañado toda su vida. De pequeña leía la esquela de uno de sus hijos, que todos los años explicaba la historia de «os seus mártires». Pero cuando empezó a tirar de ese cabo, se encontró con Placeres. Con aquella vida que, pese a merecerlo, todavía no había sido contada. Se topó con la abuela de Silvia. La guerrillera número 35.435. La mujer de Ponte Caldelas que estuvo en la Resistencia francesa contra los nazis. Que, cuando cayó la República, se embarcó en el Burrington Combe hacia el sur de Francia, donde permanecería en campos de internamiento, en los que conoció a Josef Spirk, un checoslovaco que había sido brigadista en la Guerra Civil. El lugar en el que entró en contacto con la Resistencia, con la que colaboraba esperando que Franco cayese con Hitler y Mussolini. Pero no.

Su vida se fue reconstruyendo a pedazos. Los que Placeres Castellanos le dejó a su nieta, a la que inculcó una sinceridad brutal con sabor a tarta de moras, esa que Silvia alabó a pesar de estar asquerosa. A la que tuvo que repetir para aprender a no decir mentiras. A su nieta le dejó un sostén hecho con tela de paracaídas y decenas de anotaciones que, con paciencia y una máquina de escribir, Silvia convirtió en algo así como un diario. El que después entregó a Elsa Quintas para que escribiese un libro con la historia de Placeres. «As súas memorias son interesantísimas, porque se ve como se xoga a pel». A la mente de Silvia y de Elsa viene la misma anécdota. Una vez, se arrancó dientes. No porque lo necesitase. O sí. Lo hizo porque había alegado una visita al dentista para hacer un desplazamiento. Y tenía que justificar de algún modo que había ido al odontólogo. También dejó por escrito un viaje en el que portaban armas escondidas en un equipaje. El traqueteo abrió una de las maletas y ella lanzó un abrigo para disimular lo que empezaba a asomar. «Queda como anécdota, pero é que estas persoas non levaban lambetadas, levaban armas para a guerrilla», dice Elsa Quintas, convencida de que existen otras muchas Placeres de las que todavía no se ha relatado su historia.

La guerrillera número 35.435 de la tercera brigada de la Franc Tireurs de L’Interieur portaba paquetes y acogía guerrilleros, fugitivos y militares. Y le mandaba a su nieta saltar sobre las fotografías de Carmen Franco impresas en las hojas de periódico que esparcía sobre el suelo recién fregado para no manchar.

En casa de Placeres jamás ganó el silencio. A pesar de todo, de ser una familia marcada, de los problemas, no enterraron la tragedia intentando olvidar, como todavía ocurre en otros muchos hogares, donde el miedo calla el pasado.

«Falaba continuamente dos anos que pasou alí, de cómo soubo cando lle mataron os fillos, de como mataron a meu avó». Se hablaba hasta tal punto que, a los nueve años, Silvia llamaba en clase asesinos a Hitler, a Mussolini y a Franco. Avisaron a la abuela. Y Placeres le enseñó a Silvia que nunca se miente, pero a veces hay que callar. Ya no.

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