El tapiz de Bayeux

El presidente Macron ha prometido que prestará esta pieza, cosida por las mujeres inglesas contando la derrota contra los normandos en el siglo XI, al Museo Británico


Se dice que la historia la escriben siempre los vencedores, y solo los hombres. No siempre ni solo. Por ejemplo, cuando los normandos conquistaron Inglaterra en el siglo XI, las mujeres inglesas cosieron un gran tapiz de setenta metros de largo contando su derrota. Y, aunque es probable que fuese el encargo de un obispo normando, el hecho es que lo tejieron con sus manos blancas, sus agujas punzantes y a su manera. Se lo conoce como el Tapiz de Bayeux porque se conserva en esa ciudad de Normandía, y de él se habló estos días, porque el presidente Macron ha prometido que se lo prestará al Museo Británico. Sería la primera vez que la pieza abandonase Francia en casi un milenio. Macron lo ofrece como gesto de amistad, pero en Gran Bretaña hay quien lo ve con desconfianza. Napoleón también exhibió el tapiz cuando pensaba invadir Inglaterra, para mostrar que, si se había hecho una vez, se podía hacer otra. Macron, piensan los suspicaces, también estaría haciendo propaganda con la tela, recordándole a la Gran Bretaña del brexit sus vínculos con el continente.

No sé. Lo interesante es el tapiz, que en realidad no es tapiz sino un bordado de lana sobre lino. Siempre me ha fascinado. Durante un tiempo incluso tuve en mi despacho un modesto facsímil, en forma de tira de postales, que había comprado en el museo en el que se exhibe en Normandía. Como en un cómic, en sus setenta y tres escenas se puede seguir la apasionante historia de la guerra entre el infortunado rey Harold y el duque Guillermo de Normandía. Pero lo más curioso son las escenas de la vida cotidiana. Vemos hervir sopa y hornear pan. En un panel se cazan pájaros con tirachinas, en otro pasa puntual el cometa que aún no se llamaba Halley, pero lo era. A los ingleses se les distingue porque lucen bigote y el pelo largo. Los normandos son lampiños y llevan las nucas rasuradas, beben vino en vez de sidra y montan con estribos, lo que algunos piensan que les dio la ventaja decisiva en la batalla. Todo está cosido en detalle por las tejedoras de Canterbury, que, calculando por las puntadas, habrían sido hasta una treintena.

Yo me he fijado mucho en el caballo que monta Guillermo el Conquistador porque decía Wace que se lo había traído de Galicia un noble peregrino a Santiago. Si es así, este «sun boen cheval», su buen caballo, como le llama el cronista en su lengua anglonormanda, fue el que casi le tira, el que luego murió en el clímax de la batalla. «Ne en poedit l’en meillor trover», no se podía encontrar uno mejor. Quiero pensar que, aunque cosido a otra escala, era uno de nuestros pequeños y robustos cabalos do monte. En todo caso, las mujeres que confeccionaron el tapiz amaban a los caballos, porque se distinguen perfectamente los destreros de los palafrenes y de los caballos de carga. Haciendo un recuento, un día ocioso, me salían en total casi doscientas monturas entre caballos y mulos. La invasión normanda de Inglaterra, yo me la imagino algo así como una variante belicosa de As San Lucas de Mondoñedo.

Más aún que eso, lo que me atrae del Tapiz de Bayeux es que me parece una metáfora perfecta. Porque la historia, en general, es eso: un tapiz, bordado a veces con pasión y a veces con resignación por manos anónimas, en este caso las de mujeres que habían visto con sus propios ojos, pocos años antes, la guerra que cuentan. De vez en cuando, la yema de un dedo se pincha y sangra, y la sangre se confunde con el tinte de rubia vegetal. Si se mira de frente, parece que todo fue como debía ser, y ahí es donde el tapiz podría ser una obra de propaganda. Pero si se espía el reverso, es un caos de hilos, dudas y puntadas al azar.

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