Un tranvía llamado acoso

Tamara Montero
Tamara Montero CUATRO VERDADES

SOCIEDAD

01 may 2017 . Actualizado a las 09:33 h.

Me lo he imaginado. La descarga de adrenalina. Clavar los ojos en el suelo mientras piensas en concentrarte, en concentrarte mucho para no apartarlos de ahí. Levantar la cabeza puede marcar la diferencia. Repetir para tus adentros perfil bajo, no llames la atención, no interactúes, no respondas. Hacerte cada vez más pequeña y pedir a lo que sea que esté ahí fuera, si es que hay algo ahí fuera, que se canse rápido. Que no se acerque. Que entre alguien. Lo que sea para salir de esa situación. La gota de sudor frío que empieza a resbalar por la espalda a medida que los minutos pasan. El tiempo se ralentiza hasta exasperarte. Y no puedes más. La sensación de que te va a explotar la cabeza. Las ganas de salir corriendo. El sentimiento de estar atrapada. Y otra vez la descarga. La tensión saliendo por todos los poros cuando por fin te vas. Cuando el peligro pasa. Me lo he imaginado. Porque lo he vivido. Seguro que tú también. Y tu vecina. Y tu compañera de trabajo. Y tu madre. Todas lo hemos vivido. Sentir como el pánico se apodera de ti y eriza hasta el último pelo de tu cuerpo cuando tú lo único que querías era irte a casa después de una noche de fiesta. Tener miedo cuando te hace señas en un vagón vacío. Y sentir morir de terror cuando empapela la ciudad buscándote. El chico del tranvía. De un tranvía llamado acoso.