La primera fiebre del velocipedismo

La bicicleta causa un repentino furor en toda Galicia, pero la inflación galopante de «sportsmen» del pedal deriva en serios problemas entre aficionados y viandantes


Redacción / la Voz

Sábado, 18 de abril de 1896

«La afición al ciclismo en Galicia aumenta de día en día, y al presente, además de haber Clubs de este género de deporte en la Coruña, Ferrol y Vigo, los hay también en Orense, Pontevedra, Santiago, etc. Además se han abierto depósitos de bicicletas en Pontevedra y Villagarcía. ¡Llegó el momento en que todos andemos por máquina!». Fue ingeniar una cadena de transmisión de los pedales a un piñón trasero y popularizarse el vehículo de dos ruedas. Nada que ver con anteriores cacharros lentos e inmanejables. Y la moda dio en auténtica fiebre. 

Un año antes ya se celebraban en Vigo pruebas serias, «unas lucidísimas carreras, presididas por el eminente dramaturgo Sr. Echegaray, gran aficionado al deporte velocipédico». Cierto, a sus cincuenta y tantos, el escritor hubo de pelear más por domesticar su bicicleta que por el Nobel. La Voz recogió uno de sus panegíricos al flamante medio de locomoción: «El insigne dramaturgo, que, como todos saben, se ha convertido en propagandista práctico del sport velocipédico, la emprende ahora con el apostolado teórico. No hay para qué decir que éste le resulta, diga lo que quiera sobre sus adelantos en el manejo de la bicicleta, muy superior a aquél». Vaticinaba Echegaray en el artículo: «Será un desahogo, un reposo, una economía para toda la clase obrera, cuando, á medida que el tiempo pase, se abarate la bicicleta. El obrero no necesitará vivir en el casco de la población, en cuchitriles antihigiénicos y antiestéticos: podrá vivir á una legua, á dos leguas». 

Alquiler en almacenes

Seguramente tamaña voz autorizada contribuyese a dar fama al invento. Escribía en 1896 el corresponsal de Ferrol: «Cada día es mayor el número de aficionados con que en esta ciudad cuenta el moderno sport. Durante las primeras horas de la mañana son muchos los que se ensayan en el manejo de la máquina y que al fin de pocos días concluyen -á costa de algunos costalazos- por ser hábiles ciclistas. La afición es tal, que se han establecido dos almacenes de bicicletas, en donde por la módica suma de 50 céntimos de peseta por hora se hace cualquiera dueño, en concepto de alquiler, por supuesto, de una Centaur ó Naumann. En fin, á este paso no está seguramente lejano el día en que aquí seamos todos los vecinos compañeros de pedal». 

Tanto entusiasmo no tardó en topar con las renuencias, fundadas a veces, de quienes advertían un peligro en el creciente tráfico de velocípedos. Parecían darles la razón casos como el siguiente, ocurrido en A Coruña: «A las ocho de la noche de anteayer varios ciclistas que á aquella hora pasaban por la calle de San Andrés, sin llevar en las máquinas luz, ni timbre, ni bocina, atropellaron y derribaron á una mujer, produciéndole una lesión en una pierna y poniéndole en grave estado de peligro, puesto que se halla encinta». La acumulación de incidentes de este tipo llevó a pedir que se reglamentase el uso de la bicicleta o que se adoptasen medidas drásticas.

Prohibidas en Ferrol

En cuestión de días, Ferrol dejó de ser el paraíso ciclista. La afición «llegó hasta el punto de hacerse poco menos que difícil el paso por las calles y paseos sin exponerse á las consecuencias de ser atropellado por los neófitos ciclistas. Los abusos y atropellos por éstos cometidos dieron lugar á que la Alcaldía, con muy buen acierto, dictase ayer un bando que hoy se hará público, prohibiendo en absoluto el tránsito».

Eran los civilizados modos urbanos. En el medio rural preferían zanjar la cuestión con costumbres un tanto arcaicas. «Parece que los mozos de las aldeas no ven con buenos ojos tal género de sport, y sistemáticamente procuran hacer todo el daño posible á los aficionados á ese deporte. Unas veces azuzan perros contra los ciclistas, otras colocan en el centro de la carretera, para interceptarles el paso, ramaje ó estacas», una práctica que, tristemente, resiste el tiempo. Al menos, no ha sido así con otras: «Hasta hay ocasiones en que al anochecer ó en pleno día la emprenden con ellos á pedradas o á tiros». 

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