«Yo ya he ido a ingresarlo al banco. ¡No fuera a perderlo!»

El gordo regó de millones el madrileño barrio de Acacias: desde la comisaría de policía a la residencia de la tercera edad

Benito Ordoñez
Benito Ordoñez

madrid / la voz

«¡Qué sí! ¡Que acabo de llamar a José y también le ha tocado! ¡Todo el barrio lleva algo!». El protagonista de la conversación, móvil en mano y alegría desbordante, caminaba ayer, poco después del mediodía, por el madrileño barrio de Acacias, en dirección al número 4 del paseo de la Esperanza. El destino era la administración de lotería número 32 de la capital, donde sus titulares, Agustín Ramos y María José Rojo, repartieron íntegramente las 165 series del 66513, el gordo de Navidad: 660 millones de euros.

Ambos regentan la administración desde septiembre, aunque llevaban años abonados al número afortunado, del que también se quedaron un décimo: 400.000 euros de premio. «Estaba mirando la pantalla y vi que habíamos dado la terminación, luego las tres últimas cifras y luego... ¡el gordoo! Y llamé a Mari: “¡Qué hemos dado el gordo!”. Rompimos a llorar de la emoción», relataba Agustín en una administración desbordada. Su hijo Izan, de 19 años, tiene claro que su sueño -viajar a Japón- está cerca.

Supersticiones aparte, la terminación del 13 funcionó como reclamo para muchos de los agraciados: desde la residencia de la tercera edad Peñuelas, donde el 90 % de sus 220 residentes y sus 180 trabajadores se llevaron un pellizco; hasta la comisaría de policía de Arganzuela, a donde fueron a parar tres décimos más.

«La comisaría jugaba este número desde siempre, pero lo cambió. Tres compañeros y yo (que comparto un décimo) decidimos seguir comprándolo y ¡nos ha tocado!», explicaba, exultante, Sergia, policía científica, exhibiendo una fotocopia del premio. «Ya he ido a ingresarlo al banco. ¡No fuera a perderlo!», reía. Era poco más de la una de la tarde.

Dominga y su hija Luz María, dominicanas, jugaban tres décimos y relataban, contenidas, que el dinero será «para ayudar a la familia», mientras que Mariví, que lo compró para su hijo, recordaba riendo cómo este la «regañó» porque no le gustaba el 13. «¡Y no cogí para mí, aunque es mi número favorito!», decía entre risas. Donde la fortuna pasó de largo fue en Adicae, cuya sede está en la acera de enfrente de la administración. El mejor premio le llegó la víspera: la sentencia de las cláusulas suelo.

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«Yo ya he ido a ingresarlo al banco. ¡No fuera a perderlo!»