Una de cáncer con almíbar

Ángel Paniagua Pérez
Ángel Paniagua LA TRAPALLADA

SOCIEDAD

Cientos de minutos de la tele han estado ocupados en la última semana con lazos rosas. El símbolo del cáncer de mama también ha absorbido miles de píxeles de la pantalla del ordenador. Las imágenes mostraban a felices señoras y a familias agradecidas de que la vida les regalase un tumor, suponemos que envuelto en papel de regalo con brillantina y un delicado lacito en torno. Decenas de personas han invadido las pantallas aplaudiendo a globos que volaban, vaporizados, hacia el cielo infinito, llenos de helio y júbilo, entre el alborozo general y la música de piano. Y sonrisas, miles de sonrisas de almíbar celebraban el cáncer, al grito de si quieres puedes -la medicina del siglo XXI-, o de muestra tu mejor cara, o de estás más guapa que nunca, porque deducimos que es el cáncer lo que os hace bellas.

La tiránica industria del lazo rosa ha vuelto a confundir la esperanza con el azúcar, la superación con el empalague, la curación con la pegajosa ausencia de miedos. No temas, te ordenan. Sé un robot.

Así que, pasado ya el empacho, se echa de menos que alguien diga que el diagnóstico es una patada en ese sitio que tanto duele, que la quimioterapia no sabe a canela, que la calvicie todavía no tiene pelo, que el maquillaje no mata el bicho y que no lo haces mal si no te sientes guapa, si no te apetece sonreír o si te pones peluca. Aunque solo sea para no confundir el cáncer de mama con un catarro y tratar de curarlo con muchos mimos.