La semiótica de las estatuas, es decir su significado, siempre ha creado esta clase de problemas, porque el espectador tiende a proyectar en ellas sus prejuicios y sus miedos
17 sep 2016 . Actualizado a las 05:00 h.En Egipto las autoridades han publicado un decreto que obliga a las estatuas a pasar censura previa. Unos funcionarios del Estado estarán encargados de revisarlas antes de que se desplieguen en los parques o en las plazas para determinar si la estatua representa exactamente lo que dice su título que representa. Se trata de evitar lo que pasó hace poco en la provincia de Minya con un grupo escultórico que en teoría representaba a un soldado heroico abrazando emocionado a su madre, pero que la gente, siempre malpensada, confundía con un acosador sexual metiéndole mano a una turista. Al final, la cosa se resolvió obligando al escultor a rehacer su pieza: licenció al soldado y puso a la mujer abrazada a una bandera nacional.
La semiótica de las estatuas, es decir su significado, siempre ha creado esta clase de problemas, porque el espectador tiende a proyectar en ellas sus prejuicios y sus miedos, y más que ver lo que hay ve lo que está pensando. Así, por ejemplo, en el Renacimiento muchos confundían las Victorias de pies alados, como la de Samotracia, con ángeles. Si la estatua ecuestre de Marco Aurelio fue la única figura de bronce entera que se salvó de la Antigüedad romana fue porque se la confundió con Constantino, el emperador cristiano. Pasó en Santiago en el siglo XIX con una figura mitológica que estaba esculpida en una fuente, y que la gente decía que era un retrato clavado del general liberal Quiroga -un Gobierno de la década absolutista lo cambió prudentemente por un jarrón-. Esto es así sobre todo en un momento de cambio cultural en el que resulta más fácil malinterpretar lo viejo con los ojos de lo nuevo.
Quizás nosotros también estemos en un momento de cambio cultural, porque el caso de Egipto es solo uno de muchos que han ido apareciendo en las noticias a lo largo de los últimos tiempos. Recientemente, en Kazajistán han tenido que retirar una estatua dedicada a dos próceres porque la gente decía que parecían dos hobbits haciéndose un selfie. En China, una mujer anciana se puso a rezarle a lo que ella creía que era el dios Guan Yu y en realidad era un personaje del videojuego League of Legends que estaba allí en efigie como parte de una campaña publicitaria. En una ciudad de Canadá los servicios de emergencia están hartos de que les avisen para ir a recoger a un mendigo muerto en un banco, y que en realidad es una escultura titulada Homeless Jesus (El Jesucristo de los sintecho). Y en Hong Kong hubo que retirar un grupo escultórico que consistía en treinta y una figuras humanas colocadas en los tejados de las casas porque la gente no dejaba de llamar a la policía porque creían que eran suicidas que pensaban tirarse de un edificio. Por distintas razones, todas estas confusiones nos revelan algo de nuestra sociedad.
Esa es la naturaleza de las estatuas, y difícilmente podrá cambiarlas una ley como la que se acaba de promulgar en Egipto. Lo que parece y lo que es no está sujeto a legislación. El Gobierno egipcio debería consolarse pensando que en ocasiones ese malentendido trabaja a su favor. Por ejemplo, Egipto es una dictadura militar y sin embargo muchos, desde la distancia, la confunden con otra cosa.
En cuanto a la mujer esculpida en Minya, el hecho es que, según la ONU, el 99,3 por ciento de las mujeres egipcias ha sufrido alguna forma de acoso sexual, por lo que no es extraño que el público viera lo que vio en la estatua. Ponerla abrazada a la bandera no resuelve el problema.