Si la moda viene de Francia, acabaremos todos desnudándonos en la playa, que a eso se dedica ahora la policía del país de la liberté. Extrañas contradicciones de estos tiempos que corren aparte, lo cierto es que sobre el nudismo existe un cierto vacío legal que tiene que ver con el derecho a la imagen y lo que antes se conocía como escándalo público. Más que de una falta de legislación, queda a expensas de la interpretación de un juez.
De entrada, a nadie le pueden prohibir que se desnude en una playa siempre que no sea con afán exhibicionista ni atente contra la libertad de los demás. Sin embargo, el Tribunal Supremo falló recientemente a favor de la ordenanza de playas de Cádiz, que prohíbe la práctica del nudismo en arenales urbanos. Contra las alegaciones de la Federación Española de Naturismo, el alto tribunal entiende que tal medida no atenta contra la libertad de las personas ni es discriminatoria.
Y en teoría, no es delito fotografiar a nadie desnudo en una playa al entenderse que está en un lugar público. Pero todo depende del uso que se haga de esa imagen. Fue el Supremo también el que condenó a un diario por publicar una imagen tomada a una mujer desnuda con su perro en un arenal de Almería. Aunque no se le veía la cara, la sentencia argumentaba que al estar en una playa nudista, quedaba garantizada «la privacidad de sus usuarios».
Pero no estamos en Francia ni en Andalucía. En Galicia, nudistas y textiles conviven en armonía. Muy lejos queda el episodio de los garrotazos de Baroña. Luego resulta que la fraternité también viene de París.