Cumbres contra la droga y la violencia

Un «gallego» enseña escalada y valores a los niños desfavorecidos


Buenos Aires

Martín Pachi Iglesias es licenciado en Sistemas, montañista apasionado y un optimista solidario. El gallego, como le dice su padre, es bisnieto de emigrantes de Lugo y Pontevedra y lleva gran parte de su vida cavilando cómo ayudar a los demás. En el 2001 enseñó gratis a los abuelos a manejarse en Internet para estar en contacto con los nietos que habían emigrado por la crisis. En el 2009 escaló varias montañas con la mochila cargada de sueños. Llevaba cápsulas con dibujos de los niños de escuelas del país para dejarlas en las altas cumbres como testimonio para el futuro y conmemorar el bicentenario de la nación argentina.

Hace cuatro años que comanda los Expedicionarios de la parroquia San Juan Bosco, un grupo de 350 chicos de cuatro villas de la localidad de José León Suárez, en la provincia de Buenos Aires, que todos los domingos se juntan en las parroquias del padre Pepe para jugar, aprender y preparar los campamentos que hacen dos veces al año para escalar y estar en contacto con la naturaleza. 

Falta de oportunidades

«Estar es importante», remarca Pachi, porque cree que «hay muchos jóvenes que hoy están dedicados a las drogas o a la violencia porque no tuvieron una oportunidad», porque «la Iglesia católica no estuvo presente» en esos barrios olvidados y el «Estado está ausente de las villas desde hace muchísimo».

El padre José María di Paola y él crearon los Expedicionarios para trabajar en prevención con chicos de 5 a 20 años de barrios marginales del extrarradio bonaerense donde falta casi todo.

«Los domingos de mañana en la Villa la Cárcova y de tarde en Villa Mitre, Independencia y 13 de julio, los chicos vienen a jugar al fútbol, al ajedrez, a pintar. Son dirigidos por jóvenes que fuimos capacitando, el único extra barrio soy yo -puntualiza Iglesias-, la intención es que ellos sean, en el futuro, totalmente autónomos».

Los expedicionarios van dos veces por año de campamento, en vacaciones de invierno y verano. «Este año fuimos con los jefes, jóvenes de 15 a 20 años, a Córdoba. Hicimos un campamento y subimos al cerro Uritorco (a unos 2.000 metros sobre el nivel del mar).

Para ellos es una experiencia totalmente distinta. «Viven en un lugar con carencias, donde la geografía es basura o aguas residuales, donde el horizonte es la casa de enfrente. De repente se encuentran en un lugar verde con un río, entre montañas, y la pasan bomba», dice Pachi, satisfecho. Los más chicos van a la playa. «Fuimos a San Clemente, en la provincia de Buenos Aires. Están en el mar, les encanta bañarse y jugar en la playa», recuerda el jefe de los expedicionarios y explica que los viajes se financian con donaciones y son gratuitos para los niños. 

Doctor «honoris causa»

El gallego Iglesias es uno de los diez voluntarios que colaboran con el padre Di Paola en su misión pastoral. Pepe es un cura de barrio. Vive junto a las 40.000 personas que sufren una situación de extrema pobreza. Fue amenazado por los carteles de las drogas -forma parte de la Comisión Nacional de Drogodependencia- y tuvo que mudarse al interior del país. Hoy es el único párroco para siete capillas, impulsa un hogar de día y una casa para la recuperación de jóvenes adictos, quiere convertir una cancha de fútbol en un club e impulsa una escuela de oficios.

El miércoles pasado, la Universidad Argentina de la Empresa (UADE) le concedió el doctorado honoris causa por «su entrega apasionada, compromiso y vocación para acompañar a los sectores más vulnerables de la población». En una Argentina donde, según Unicef, el 30 % de los menores de edad son pobres y el 8,4 % son extremadamente pobres, parece verdad lo que dice Pachi del padre Pepe: «Es un pastor con olor a oveja, y un santo en vida».

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