El París-Dakar que mola en A Illa

SOCIEDAD

Mónica Irago

Nueve chiringuitos remojan a bañistas de distinto pelaje en la costa arousana

02 ago 2016 . Actualizado a las 13:43 h.

¿El paraíso? Para un padre de incipiente barriga no consiste en otra cosa que en acodarse en la barra de un chiringuito ante una cerveza bien fría mientras los pimpollos se tiran arena a los ojos o aplastan hormigas sin peligro alguno para su integridad física. Y el paraíso existe. Está en A Illa de Arousa, a lo largo de tres kilómetros costeros, los que van de la playa de O Bao, justo al lado del puente que da acceso al edén, hasta la entrada del parque natural de Carreirón. Como el París-Dakar de Compostela pero con el mar de fondo. Nueve chiringuitos de diferentes estilos que van de lo más enxebre y tradicional a lo chic último modelo, adaptado a todo tipo de pareos o taparrabos. Por eso no son solo el «no va más» del padre atribulado, sino también del hipster, del tímido funcionario de vacaciones, del grupo de mozas que decidió ponerle fresco a la tarde o del marinero autóctono que los mira a todos con resignación mientras intercambia gestos cómplices con el dueño del local.

A Illa no necesita chiringuitos para ser un paraíso, pero la oferta ayuda. Y si el cliente no es muy exigente y encaja en todo tipo de mostrador, tras recorrerlos todos se sentirá en el nirvana mismo, con la cerveza bien fría acodada en el bandullo, el vermú remojando las aceitunas y, ya directamente, el gin-tónic de fin de etapa para rematar la faena. No es de extrañar que al aficionado a la ruta se le olviden los curiosos nombres de los locales que acaba de recorrer: el Con do cocodrilo, Coco Bao, Vituco Conserrado, Carpe Diem Camaxe o Xa cho dixen. Este año, con los termómetros atascados por encima de los 30 grados, hubo más aficionados que nunca. «Non recordo un verán coma este», admite Ventura, alias Yu, el propietario de los ojos más azules de A Illa de Arousa.

Pero no solo de refrescos o bebidas espumosas se alimenta el turista. La oferta de sólidos en los chiringuitos de playa es cada vez más extensa y va mucho más allá de la socorrida tortilla y los calamares fritos. Por eso en Vituco Conserrado hay que reservar mesa con antelación, y la familia afortunada con un puesto a las seis de la tarde se relame entre baño y baño soñando ya con los jugosos xurelos, el pez espada o el pulpo de A Illa que les va a servir Sagrario en un local que poco a poco fue creciendo para dar servicio a una clientela cada vez más numerosa. «Este ano facemos 25», reconoce Sagrario orgullosa mientras sus camareras surfean entre las mesas bajo un alegre toldo de listas y un muro blanco adornado con geranios.

Los hay con tele incorporada para ver el consabido programa rosa, los que ofrecen granizados o una generosa carta de helados con o sin gluten, los que incorporan una variada carta de cafés y los que a los postres invitan al chill out en el que incluso se puede disfrutar de un monólogo de algún actor amigo o de un improvisado concierto de jóvenes promesas. El único pecado en el paraíso isleño en coger berberechos. Que ya lo dice un cartel: «Prohibido mariscar de todo».

Por no hablar del entorno. Un par de cámpings con todos los servicios, una playa con bandera azul, un parque natural en el que lo mismo se avistan aves que se sigue el recorrido de escurridizos peces que se atisban entre las cristalinas aguas de las muchas calas apartadas y discretas que tiene el parque de Carreirón... Pero el principal atractivo, cuando cae la tarde, es el silencio. En la costa isleña, como mucho, se oye el motor de una lancha, el chapoteo de los bañistas o el llanto de un niño con los ojos rebozados de arena. Su padre lo consuela de lejos, sin levantar el codo de la barra.