El fútbol galaico-uruguayo dio glorias como Lorenzo Fernández, «el gallego»; Pedro Cea, «el empatador olímpico»; Gestido Pose, «el caballero del deporte»; o Héctor Castro, «el divino manco»
23 jul 2016 . Actualizado a las 09:26 h.En la estela del histórico derbi del jueves en Uruguay entre Deportivo y Celta, creo que es un buen momento para rememorar las glorias del fútbol galaico-uruguayo, y hablar de Lorenzo Fernández, «el gallego»; de Pedro Cea, «el empatador olímpico»; de Gestido Pose, «el caballero del deporte». Y por supuesto de Héctor Castro, «el divino manco», que marcó el primer gol en toda la historia de los mundiales.
Comenzaba entonces la era dorada del fútbol uruguayo y también, de paso, la del gallego. Porque en el combinado que había ganado las medallas de oro en las Olimpiadas de 1924 y 1928 no solo un tercio de los jugadores de campo eran hijos de gallegos, sino que estaba particularmente sobrerrepresentada Redondela, porque de allí eran las familias de Lorenzo y de Cea. A Lorenzo y a Gestido hasta les habían escrito un tango que empezaba: «Silva, Lorenzo y Gestido / como una flecha van al gol?». Cea, por su parte, era un jugador frío y seguro -al fin y al cabo se había ganado la vida de joven vendiendo hielo por las calles de Montevideo-. Tenía una curiosa especialidad, que eran las remontadas: siempre igualaba el marcador, de ahí su mote de «el empatador olímpico».
Pero la historia verdaderamente conmovedora es la del gran Héctor Castro. A los trece años, trabajando con su padre, había tenido la desgracia de perder un brazo en un accidente con una sierra mecánica. Lejos de desanimarse, antes de cumplir los 17 jugaba ya en el Nacional. Veloz y técnico, «el divino manco» era un Cervantes del fútbol, un número nueve que se desempeñaba en la derecha del medio campo. No solo no se sentía limitado por su minusvalía, sino que hacía un hábil uso de su muñón para golpear subrepticiamente a los rivales.
La gran oportunidad de todos ellos llegó en aquel mundial polémico de 1930, el primero de todos, que se celebró en Montevideo. El manco Castro abrió el marcador de la competición con un solitario gol en el partido contra Perú. En el segundo encuentro de los charrúas, Yugoslavia empezó marcando, pero Cea, como siempre, anotó el tanto del empate, y luego otros dos, arrollando a los eslavos con un 6-1.
Y así llegó la famosa final contra Argentina, un enfrentamiento épico entre las dos orillas del Río de la Plata.
Para dar una idea del ambiente digamos que el árbitro, el belga Langenus, exigió que hubiese un barco en el puerto preparado para sacarle del país en caso de ganar Argentina. Los argentinos se trajeron su propio balón, porque no se fiaban del de los uruguayos, y cuando la primera parte terminó 1-2 con ventaja visitante, trescientos soldados se desplegaron en las gradas con las bayonetas caladas. En fin, lo que hoy llamaríamos un encuentro de máxima rivalidad.
Pero empezó la segunda parte y Cea, una vez más, empató a dos. Iriarte anotó el tercero y, ya en el minuto 89, el manco Castro marcó el cuarto. En Buenos Aires, la multitud asaltó la embajada uruguaya, la fuerza pública tuvo que disparar contra la masa y los dos países estarían durante semanas al borde de la guerra. Pero salvo eso, no se puede decir que se produjese ningún incidente grave. En Montevideo, Lorenzo, Cea, Gestido y Castro daban una vuelta triunfal en el Estadio Centenario que fue a la vez la apoteosis del fútbol uruguayo y la del emigrante gallego en América.
En cuanto al manco Castro, más tarde llegaría incluso a seleccionador nacional. Pero la mala suerte que le había visitado de niño vino a buscarle de nuevo: a los pocos meses de su nombramiento murió de un ataque al corazón con apenas 55 años. Se supo entonces que toda la vida había albergado una pena secreta. Lo que él hubiese querido, le confesó a un amigo, era ser portero.