En 1816 un manto frío se extendió por el hemisferio norte en el verano como consecuencia de la explosión del volcan Tambora el año anterior
18 jun 2016 . Actualizado a las 05:00 h.A raíz de las lluvias de estos días, escuché a alguien en la radio expresar el temor de que este año no haya verano en Galicia. No es eso lo que prevén los expertos. En todo caso, lo que está claro es que, por suerte, no será como hace dos siglos. Aquel año de 1816 se conoce en los anales, precisamente, como «el año sin verano» y no ha habido nada parecido, ni antes ni después.
Entonces, un manto de frío se extendió por el hemisferio norte en el mes de junio y a lo largo de varios meses. En el este de Estados Unidos, una niebla persistente volvía la luz del sol de un amarillo pálido, tan denso que permitía distinguir las manchas solares a simple vista. En Asia, el frío provocó una epidemia de cólera que se propagó velozmente desde el golfo de Bengala hasta Moscú, dejando un reguero de fiebre y muerte. Europa, que todavía se estaba recuperando de la sangría de las guerras napoleónicas, sufrió una hambruna generalizada. Se sucedieron las tormentas apocalípticas, las lluvias torrenciales, las inundaciones. Los campos se helaban en agosto. Recientemente, una investigación de la Universidade de Santiago ha encontrado pruebas de que los hórreos cistercienses del monasterio de Monfero estaban vacíos ese año, y un documento que dice sombríamente: «hai moitos mortos polos camiños». En Hungría, nevó nieve marrón; en Italia, nieve roja. En Irlanda se declaró el tifus. Se calcula que al menos un cuarto de millón de europeos murieron aquel verano.
Todas estas tragedias y portentos tenían una causa, una sola, que entonces nadie sospechaba: el año anterior había estallado en el otro extremo del mundo, en Indonesia, el volcán Tambora. Se considera que su erupción es el ruido más fuerte que se ha oído nunca en el planeta. El volcán expulsó tanta ceniza, y a tanta altura, que esta se desplegó por toda la estratosfera como un sudario, velando el sol durante varios años. Pero fue en el verano de 1816 cuando el efecto resultó más intenso. En una ocasión escuché a una guía de la Tate de Londres explicar que el amarillo de los cuadros de Turner es exactamente el color de aquel velo de ceniza. A veces, el secreto de una gran historia trágica está contenido simplemente en el matiz del color de un cuadro.
La explosión del Tambora fue cruel y a la vez creativa. En Estados Unidos, un tal Joseph Smith tuvo una visión mientras huía del hambre en el estado de Vermont, y de esa visión nació la religión de los mormones. En Alemania, la falta de grano para los caballos dio a Karl Drais la idea de inventar el prototipo de lo que sería la bicicleta. En China, el fracaso de las cosechas condujo a la decisión de plantar opio en los campos, con consecuencias que todavía se padecen hoy en todo el mundo. Todo siempre es el resultado de otra cosa.
Y también fue en aquel año sin verano de 1816 cuando un grupo de escritores ingleses se refugió del tiempo inclemente en la villa que tenía uno de ellos a orillas del lago de Ginebra. Para entretenerse en las noches oscuras y lluviosas, inventaban historias. El anfitrión, Lord Byron, creó un relato sobre un vampiro que sería más tarde la inspiración del Drácula de Bram Stoker. Mary Shelley, que estaba allí acompañada de su marido, el gran poeta Percy Shelley, inventó otro monstruo, el de Frankenstein. En el capítulo quinto del libro hay un pasaje en el que el Dr. Frankenstein se enfrenta con horror a su criatura: «? y a la tenue, amarillenta luz lunar, contemplé el desgraciado, el miserable monstruo que yo mismo había creado». Era quizás la luz amarillenta que pintó Turner. La que presidió sobre aquel año sin verano de hace doscientos años, cuyos monstruos están aún con nosotros.