Yo estaba allí, tenía 12 años, y en los periódicos no se hablaba más que del escándalo de los Sex Pistols y su «God Save the Queen»
07 may 2016 . Actualizado a las 05:00 h.Recuerdo perfectamente el nacimiento del punk. Estaba allí, en Inglaterra, en 1977, pasando el verano con una familia, estudiando inglés. Aunque, todo hay que decirlo, tenía doce años. En las calles aún se veían restos de las galas de jubileo de la reina: banderas colgando de algunas ventanas, retratos de Isabel II pegados con celo en los escaparates y las tiendas estaban atiborradas de tazas, toallas, bufandas, ceniceros y todo el merchandising sobrante. En los periódicos, en cambio, no se hablaba más que del escándalo protagonizado por los Sex Pistols, que coincidiendo con el jubileo habían sacado su God Save the Queen, en el que llamaban «régimen fascista» a Gran Bretaña y decían que la reina no era un ser humano. En el día mismo del jubileo habían intentado presentar el disco en un barco alquilado en el Támesis, como una parodia de la Real Procesión de barcas. Habían acabado detenidos y el disco vetado en la mayor parte de las emisoras del país.
El punk tenía menos de un año de vida en Inglaterra, pero asomaba por todas partes. Incluso en el provinciano Blackpool yo veía a grupos de jóvenes con tiras de imperdibles clavados en la mejilla y vestidos de cuero con remaches, una especie de faquires moteros sin moto. Los estudiantes extranjeros íbamos a una iglesia metodista de Fleetwood que los viernes por la tarde se convertía en un club social para adolescentes en el que servían limonada y había baile. Un día sonó una música y los chavales locales empezaron a moverse de una forma convulsa, chocando unos con otros. Era el pogo dance del punk y la canción era, precisamente, la prohibida God Save the Queen. Para entonces había llegado al número dos del hit parade. Se rumoreaba que en realidad era el número uno, pero que había habido presiones del Gobierno para poner en lo alto de la lista una canción de Rod Stewart que se llamaba, apropiadamente, No quiero hablar de eso.
Para cuando volví al verano siguiente, los Sex Pistols ya se habían separado, después de su tormentosa gira americana, en la que Sid Vicious, sucesivamente, le rompió un bajo en la cabeza a un espectador, escupió sangre desde el escenario a una chica, se lio a patadas con una periodista y finalmente se peleó con sus guardaespaldas, que le dieron una paliza. Poco después apuñalaría a su novia en un hotel y moriría luego de una sobredosis, posiblemente administrada por su propia madre. El punk no era una broma y su motor era la violencia.
En Gran Bretaña acaban de comenzar las conmemoraciones del cuarenta aniversario del punk. Es imposible no reparar en la ironía de ver convertido al punk, el credo del «no hay futuro», en una tradición venerable. Financiadas con dinero público, esas conmemoraciones son una especie de jubileo, similar al de la reina que tanto les había molestado hace cuatro décadas. Jonny Rotten, que entonces gritaba que era el anticristo, anuncia ahora en televisión una marca de mantequilla. Vivienne Westwood, la madre de la estética punk, es hoy una diseñadora millonaria y su obra está en el Metropolitan Art Museum de Nueva York. Incluso la Biblioteca Británica y el Museo de Londres dedican muestras al punk. Un vinilo de God Save the Queen fue no hace mucho el disco británico más caro vendido en subasta en la historia. La canción sonó en la ceremonia de apertura de las Olimpiadas de Londres del 2012, en presencia de la reina Isabel II, que sonreía. Y con razón, porque al final ha ganado la partida. Este año, las tazas con su imagen para el jubileo y las que llevan la cara de Sid Vicious compartirán anaqueles en las tiendas.