Los contadores de películas

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado ESCRITOR Y PERIODISTA

SOCIEDAD

Ed

Hay quien echa de menos ir al cine. Me refiero a ir al cine como se iba antes: el ritual, la singularidad del evento, la pantalla grande? Yo voy más lejos

23 ene 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Hay quien echa de menos ir al cine. Me refiero a ir al cine como se iba antes: el ritual, la singularidad del evento, la pantalla grande? Yo voy más lejos. Yo incluso echo de menos el no ir al cine. Quiero decir que añoro un poco algo que se ha eclipsado aún más completamente que el ceremonial de la sala cinematográfica en sí: la figura del contador de películas.

No hace tanto de esto, pero ya es pasado. El contador de películas era aquel tipo o tipa que abundaba generalmente entre los niños, los adolescentes o en la mili, y que estaba especializado en narrar las películas que los demás no habían podido ver por falta de posibles, por falta de oportunidad o por tener menos de dieciocho años. El contador de películas era, por supuesto, un amateur, pero la práctica y el talento convertía a algunos de ellos en auténticos virtuosos, que llegaban a reunir audiencias considerables a su alrededor, por ejemplo, en el patio del colegio.

No consistía en hacer un resumen o un sumario, ni siquiera en describir la acción y los diálogos con detalle, aunque disponer de una buena memoria era esencial. No, se trataba, literalmente, de encarnar la película, recreando los puntos de giro, la curva de interés de la historia, introduciendo el suspense en el momento justo. El contador de películas bueno, el bueno de verdad, incluso reproducía los efectos sonoros con fidelidad, y le ponía banda sonora a partir de una serie de acordes muy básicos pero eficaces que más o menos valían para todo el cine norteamericano. No era fácil, porque había que hacer todo aquel «tachán, tachán», y el «y entonces», y el «y va y dice», y las demás muletillas propias del género, sin que cansasen. En la práctica, aquellas muletillas funcionaban como las fórmulas repetitivas que empleaban los antiguos rapsodas griegos para no perder el hilo cuando recitaban la Ilíada o la Odisea. Aquel era, pues, un arte con raíces clásicas, aunque los que lo ejercían ignorasen formar parte de una larga cadena de narradores de historias que se remontaba a la antigüedad remota.

Una película bien contada era a menudo una experiencia tan emocionante como verla en el cine y, algunas veces, incluso más. Desde luego, yo recuerdo algunas de aquellas narraciones más vivamente que cientos de películas vistas en el cine y en televisión: Moby Dick, contada por mi madre sentada en el filo de la cama en la que convalecíamos de sarampión mi hermano y yo; El padrino, contada por mi amigo José Manuel mientras caminábamos por la nieve de Cervantes buscando rastros de jabalí; Asesinato en el Orient Express, contada por mi padre en un largo viaje nocturno en coche? No llegué a verla nunca. Hasta ayer, que la pusieron en un canal temático. Me pareció mala con ganas. Por eso mismo me hizo echar de menos el cine contado, el cine en general, a mi padre?

Esa es la razón de que quiera rendirles aquí un pequeño homenaje a aquellos contadores de películas, un arte que quizás se haya perdido, no porque la gente no sepa hoy narrar historias, sino porque no hace falta. Hoy, si uno quiere ver una película cualquiera, lo tiene fácil. Lo que no tiene fácil, de hecho, es no verla. Las películas ya no son algo que hay que ir a buscar sino que ahora nos acosan. El cine se ha convertido en una extraña especie de obligación, una reiteración. Es curioso, porque con esa repetición parece que las películas se olvidan antes, se recuerdan menos. Y es que los recuerdos tienen esa fragilidad un tanto contraintuitiva: que no solo los borra el olvido, sino también el desgaste.