Nueva York cambia de cara

La inversión extranjera y los avances técnicos revolucionan su «skyline»


Nueva York

El horizonte de Nueva York es uno de los paisajes más reconocibles del mundo. La vista de sus rascacielos es un icono de la modernidad. Y se niega a dejar de serlo. Incluso la definición que hizo de ella Julio Camba en La ciudad automática -«su afán de escalar el cielo haciendo cada año un edificio más alto que los demás»- se queda corta en los últimos tiempos, porque la Gran Manzana está viviendo un nuevo bum de la construcción.

Pasear por el sur de Central Park es hacerlo bajo las grúas y los andamios. Contemplar el skyline ofrece nuevas sorpresas cada pocos meses. Sorpresas que se miden en cientos de metros de altura. Porque ese skyline tan identificable está sufriendo el mayor cambio de su historia desde la posguerra. Para llegar a esta situación se han unido dos poderosos aliados: los avances técnicos y el dinero extranjero. Si hubo un tiempo en el que los rascacielos coronaban importantes trayectorias empresariales, en este principio de siglo los rascacielos se han convertido en el objetivo de los millonarios de medio mundo, que están dispuestos a pagar lo que sea por tener una vivienda entre las nubes de Nueva York.

De oficinas a viviendas

Esa es la diferencia entre los rascacielos clásicos y los actuales: los del siglo pasado albergaban oficinas y los de ahora ofrecen viviendas. Lo que no ha cambiado es la necesidad de sus impulsores de desafiar a la gravedad: cada vez son más altos.

Hace dos años solo cinco edificios de la ciudad superaban los míticos mil pies (304,7 metros) de altura. Ahora son muchos más. Dentro de cinco años su número se habrá vuelto a multiplicar y eso es lo que marca precisamente el gran cambio en el skyline.

Esa locura que parece impulsar la ciudad hacia las nubes tiene un área de especial protagonismo: la que ocupa la zona sur de Central Park, entre las calles 59 y 56. En cada esquina están surgiendo o han surgido auténticos colosos. Hace dos años se acabó el One57, en la calle 57, con 306 metros de altura y 92 viviendas, de las cuales una cuarta parte todavía están sin vender, aunque a los propietarios no les preocupa. Como es lógico, vender estos pisos lleva su tiempo debido a sus altísimos precios. Uno de sus áticos ha sido adquirido recientemente por algo más de 100 millones de dólares (91,5 millones de euros). Y de ahí ha surgido el nombre con el que los neoyorquinos llaman a esta zona: la fila de los multimillonarios.

El precio más caro que se ha pagado, por el momento, por una de estas nuevas viviendas ha sido en otro edificio nuevo, el 432 Park, que también se encuentra en la fila de los multimillonarios, y que ha costado cien mil dólares más que el del One57. Es otro ático, pero más alto, porque el 432 Park alcanza los 425 metros.

Recientemente un periódico local anunciaba que la Torre de la Libertad, que toma el relevo de las Torres Gemelas como el edificio más alto de la ciudad, iba a dejar de serlo cuando se acabase un rascacielos de la zona sur de Central Park que la sobrepasaría en cinco metros. Los constructores de esta torre, situada también en la calle 57, han dicho que no será así, ya que «por respeto» su rascacielos medirá 541 metros, 30 centímetros menos que el World Trade Center. Pero en Nueva York nadie cree que ese récord vaya a durar mucho.

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