Despistes

Mi abuela Dolores, cada vez que me despistaba, me regañaba con un refrán, que siempre me gustó: «¡Cando a cabeza anda o revés, qué farán os pes!»


Aparte del madrugón, me llevé hace un par días una alegría cuando me enteré de que mi vuelo a Madrid y Los Ángeles era al día siguiente. El motivo de mi error fue que lo había apuntado mal en la agenda, y un día de regalo en el trabajo y en casa lo agradezco mucho. Ya estoy regresando porque estuve allí solo un par de días de reuniones y charlas en lugar de los tres planeados, y menos mal que lo pude arreglar todo para hacer lo previsto porque mis despistes empiezan a ser preocupantes. Y es que tampoco tengo secretaria que me eche una mano ya que todos los recursos que consigo -que buen trabajo me cuesta- los empleo en mantener el grupo de investigación.

Justo en la cena de ayer, a partir del tema de mis despistes, nos pusimos a discutir si el cerebro admite capacidades distintas y algún neurocientífico defendía que no se podía ser muy erudito y muy creativo a la vez. Como no es mi campo, no intervine en ese tema, pero pensé que, si es verdad -que no lo creo-, en Galicia hay mutantes, porque aquí alguna excepción hay y, entre otros ejemplos, Cunqueiro lo era y mi amigo Manolo Salorio también lo es. Y pensando en él y al ver que casi todos los que estábamos eran de todas las edades, incluyendo profesores en activo de más de ochenta años, no pude menos de envidiar a las universidades americanas, que no solo son capaces de atraer el talento joven de todo el mundo, sino de mantener sin jubilarse hasta que quieran a personas mayores geniales como él porque evidentemente lo que pueden transmitir en una lección magistral -y los alumnos allí, al contrario que los de aquí, tienen muy pocas a la semana, lo que no significa que trabajen menos- vale más que lo que podemos enseñar la mayoría de nosotros en un curso entero. Y lo mismo podía decir de Luis Concheiro, el mejor patólogo forense que hubo en la historia de este país.

Pero volviendo al tema de mis despistes, creo que está ligado a que me abstraigo con tanta facilidad que a veces se me va la olla. Me puedo concentrar sin problema en cualquier avión, aeropuerto o lugar ruidoso, y en casa me encanta trabajar entre todos, y no me importa que esté mi hija tocando la guitarra, mi hijo hablando en alto y mi mujer con un paciente. Ellos ya saben que, si me preguntan algo, puedo tardar un rato largo en responder porque me queda ahí, subliminalmente, y de repente me acuerdo y contesto, con lo que se ríen y todos tan contentos. Dicen que, al preguntarme algo, meten a veces palabras-despertador, como Louro, mar, róbalo, aunque no vengan a cuento, porque así contesto antes.

El problema es cuando en alguna conversación con alguien me meto en mi mundo y me voy dejándolo con la palabra en la boca, y esto, cuando me doy cuenta, me da mucho corte.

El ser despistado solo tiene inconvenientes. No sabéis los disgustos que paso si tengo que dar una charla y llego tarde porque no me acordé. Todavía es peor si ya no puedo llegar o es en otro lugar del mundo y me están esperando.

Hace unos años, cuando fui con mi familia a Cuzco desde Lima, resulta que había comprado los vuelos para dos meses antes y menos mal que teníamos billetes, aunque lógicamente tuve que pagar de nuevo. Mi hija, para consolarme, me dijo: «Tranquilo, papá, que no es tu récord».

Afortunadamente, el récord al que se refería mi hija es al revés: fui a un congreso a Alemania en el que tenía que dar la charla inaugural un año antes de que se celebrara, pero es que solo a gente tan organizada como los alemanes se les ocurre invitarme con más de dos años de antelación, pedirme el título y el resumen de la charla año y medio antes y mandarme recordatorios continuos, de modo que acerté con el día y el mes, pero no con el año. Imaginaos las carcajadas cuando aparecí en el Instituto de Medicina legal de Münster un año y un día antes. Todavía me lo recuerdan en cada congreso de esa sociedad científica.

Pero ahora que estoy volviendo sin la chaqueta de nuevo y que no sé dónde la dejé, tengo claro lo que me diría mi abuela Dolores que, ya de pequeño, cada vez que me despistaba me regañaba con un refrán, que siempre me gustó, y que decía:

«¡Cando a cabeza anda o revés, qué farán os pes!».

¡Qué razón tenía!

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