Ayunos involuntarios

Muchas veces me preguntan que cómo mantengo siempre el peso, y la razón es que en los viajes a veces hago ayuno involuntario, unas veces porque tengo tantas actividades que no me da tiempo y otras porque no me gusta nada de lo que me dan


Científico

Muchas veces me preguntan que cómo mantengo siempre el peso, y la razón es que en los viajes a veces hago ayuno involuntario, unas veces porque tengo tantas actividades que no me da tiempo y otras porque no me gusta nada de lo que me dan. Además están los viajes en avión, en los que las comidas son tan malas que darían por sí mismas para un monólogo de Luis Piedrahíta.

Y es que reconozco que soy muy mal comedor. Al igual que a mi padre me gustan comidas simples y no mezclar nada, y, aparte, en Santa Comba de niño no había tanta variedad y no me acostumbré a demasiados sabores. Por eso en algunos viajes tengo que sobrevivir a base de chocolate y frutos secos del minibar de la habitación del hotel.

Donde mejor como es en casa, y el arroz de mi madre, las croquetas de bacalao de Rosa o la empanada de mi tía Lola son para mí los manjares más deliciosos que hay y no los cambio por una comida en el mejor restaurante del mundo.

En cualquier lugar de España y, en general, en Europa y en toda Latinoamérica me gusta cómo se cocina. Hay una excepción y es el Reino Unido. Yo creo que a los ingleses no les interesa demasiado la comida. Es algo que tienen que hacer y no pierden demasiado tiempo intentando que sea rica. Parece mentira que en un país rodeado de mar su menú marinero casi se reduzca al fish and chips y descubran el pulpo o el marisco solo cuando vienen aquí. Casi todos nuestros estudiantes que van allí a aprender inglés pasan un hambre horrorosa, como me pasó a mí de joven cuando tuve que sobrevivir en un college de Oxford durante un par de semanas y solo se me alegró la pestaña cuando al fin me pusieron un helado de postre, pero imaginaos la cara que me quedó cuando descubrí que? ¡era salado!

En Suecia son tan organizados que en todas las instituciones públicas se come lo mismo todos los días de la semana en todos los lugares. Esto es, los lunes toca carne; los martes, pasta, los miércoles, pescado, y así en toda Suecia. No os lo creeréis si no lo veis. El peor día es el jueves, que dan una sopa de lentejas casi intragable seguida de unas filloas deliciosas. De hecho, una de las pocas frases que me sé en sueco es «bara pannkakor» (solo panqueques), porque al decirla no me daban la sopa y sí doble ración de filloas, y sobrevivía hasta la cena.

En Argentina sabe todo más rico porque te lo cuentan bonito. Te empachas de carne y tienes que hacer curas de desintoxicación a la vuelta, pero ¿cómo no te van a saber más ricos los cruasanes si les llamas medias lunas?

Pero el país donde lo paso mal -y si quiero adelgazar lo tengo asegurado si voy allí una temporada- es Japón. Te dan cajitas con cuadraditos de cosas, en teoría comestibles, preciosas. Los cuadraditos son una obra de arte de color y forma, pero, al probarlos, son como las grageas de todos los sabores de Bertie Bott en Harry Potter que se anunciaban como «¡Un peligro en cada bocado!». El sabor puede ser desde aceptable (casi siempre pescado crudo) hasta algo totalmente imposible para un paladar occidental, de modo que ante el riesgo prefieres ayunar hasta que no puedes más. Allí es donde tomé la cosa más rara. Una vez, al ver que comía poco, me llevaron a comer la delicatesen más cara. Ya en el restaurante y con la cara que ponemos nosotros al comer una cigala, ellos sorbían una especie de moco que estaba en unas cucharas. No sabía mal. Sabía a agua de mar, pero claro? ¿qué era? Al final me enteré de que era el contenido estomacal crudo de las holoturias, que aquí llamamos pepinos de mar, pero no las comemos porque no las comen ni los lorchos. Allí me sirvieron para paliar un poco el hambre canina que tenía. Tampoco aquí ponen buena cara muchos extranjeros cuando ven que comemos pulpos, percebes o centollas que les parecen arañas grandes y les dan asco hasta que las prueban.

No puedo acabar sin recordar a mi amiga Adriana, de Bucaramanga, que cuando viene nos trae siempre hormigas culonas, unas hormigas grandes que se asan y a mí me saben a queso y me gustan más bien poco, pero que en Colombia les encantan. Siempre le digo: «Adriana, esto mejor lo repartimos por el grupo, que siempre hay alguno al que le gustan. Lo que es yo no me atrevo porque dicen que las cogéis en el cementerio, que es donde están las más lucidas». Con una risa me responde: «¡Eso no es cierto, doctor! ¡Cómaselas tranquilo! ¡Esas son maldades que inventan los bogotanos!».

Muchas veces me preguntan que cómo mantengo siempre el peso, y la razón es que en los viajes a veces hago ayuno involuntario, unas veces porque tengo tantas actividades que no me da tiempo y otras porque no me gusta nada de lo que me dan. Además están los viajes en avión, en los que las comidas son tan malas que darían por sí mismas para un monólogo de Luis Piedrahíta.

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