La FIFA en el espejo

En una prisión de máxima seguridad de Uganda, los presos compiten en la liga carcelaria más sofisticada del mundo. Extraña magia esta del fútbol, que a los honrados los convierte en criminales y a los criminales en honrados


Todo el mundo lo sabe. El Barcelona F.C. tiene a varios asesinos en su plantilla. En el Manchester United abundan los ladrones. Todos los equipos, en cualquier caso, están nutridos de delincuentes. Y lo mismo se puede decir de los árbitros, los entrenadores, los utilleros y, por supuesto, de las autoridades deportivas, entre las que no hay un solo dirigente que no merezca estar entre rejas.

Y de hecho lo están; porque no hablamos del Barcelona o del Manchester United propiamente dichos ni de la FIFA, sino de la prisión de máxima seguridad de Luzira, en Uganda, donde los presos compiten en la que quizás sea la liga carcelaria más sofisticada del mundo. En Luzira no solo hay equipos con sus estatutos, su equipamiento oficial y sus torneos formales. También existe registro de jugadores, mercado de fichajes y transfers, colegio de árbitros, patrocinadores, comités sancionadores...También, por supuesto, hay una FIFA, que en Luzira se llama UPSA y cuyos cargos se eligen entre los presos mediante una impecable votación.

Para explicar el origen de todo esto, en Luzira se cuenta una historia que tiene el aire de una leyenda. El primer equipo -el «Liverpool»- lo fundaron doce «apóstoles del fútbol», doce soldados que habían acabado en la cárcel pero no sin antes esconder su botín en un sitio seguro. De ese tesoro fabuloso, dicen, fue saliendo el dinero para financiar las camisetas, los balones y los sobornos que hicieron posible la liga de Luzira. Luego fueron surgiendo los demás equipos, todos con nombres de conjuntos famosos, cada uno con su idiosincrasia. El «Manchester United», por ejemplo, es el equipo de quienes no pertenecen a la tribu buganda, la más poderosa del país. El «Chelsea», fundado por un grupo de universitarios encarcelados, tiene una afición esnob y se lo conoce como «el de las élites». El «Everton» es el de los delincuentes juveniles y los camellos y el «Leeds United» el de los expolicías. En cuanto al «Barcelona F.C.» lo fundó un empresario de Katanga encarcelado por corrupción en el 2009 y que era un entusiasta del tiki taka de Guardiola.

Cuando en marzo un periodista de The Guardian visitó la prisión, el presidente de la UPSA era un expolicía condenado por asesinato, pero las únicas diferencias apreciables que encontró con un torneo oficial consistían en que los partidos iban precedidos de danzas rituales de la circuncisión y que no se podía elegir campo tirando una moneda al aire porque el dinero está prohibido dentro la prisión. Lo demás era todo como en una competición oficial de la FIFA, solo que más limpio.

No siempre fue así. Al principio se dice que abundaban las primas a terceros, que se pagaban con las raciones del comedor -se podía diferenciar a simple vista a los corrompidos de los honrados: unos más gordos y otros mucho más flacos que la media-. Pero el fútbol era tan importante para los presos de esta cárcel hacinada y desvencijada que se organizaron para acabar con el juego sucio. El fútbol los ha redimido a ellos -la prisión tiene un índice asombrosamente bajo de reincidentes-, pero ellos también han redimido al fútbol.

Ahora que la vergüenza ha caído estrepitosamente sobre la FIFA, en medio de escándalos de corrupción y presuntos comportamientos criminales de sus máximos dirigentes, quizá sea un buen momento para volver la vista a esta esperanza de redención que ofrecen los presos de Luzira, cuyo amor y respeto al juego es tal que, según cuentan, una tarjeta roja puede hacer que se deshaga en lágrimas hasta un asesino que escuchó con calma su condena a cadena perpetua. Extraña magia esta del fútbol, que a los honrados los convierte en criminales y a los criminales en honrados.

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