El pragmatismo alemán

Si existe un gen germánico del pragmatismo, no debieron de venir a Galicia suevos bastantes para que a nosotros se nos pegase algo


Científico

Estoy regresando de una reunión de un consorcio científico, una red de excelencia europea que coordino con Peter Schneider, un muy buen amigo alemán que está ahora en la Universidad de Colonia. Aunque hay representantes de la mayoría de los países europeos, como los líderes somos él y yo, decidimos hacer la primera reunión en Altenberg y la última en Santiago, porque en ese lugar del este de Alemania comienza uno de los caminos de Santiago, como reza la inscripción de un monolito que conmemora ese inicio. Como ya es otoño, en el centro de Europa hace un frío horroroso, pero a pesar de ello, como actividad cultural, fuimos de noche a la basílica de Altenberg, que es una preciosa iglesia gótica del siglo XIII construida sobre la base de una abadía románica de mediados del siglo XII, y allí nos ofrecieron un concierto de órgano.

Mi sorpresa fue cuando nos explicaron que, al igual que otras iglesias en Alemania, tienen el culto compartido entre católicos y protestantes por horas y nos enseñaron un acta del ayuntamiento de Altenberg del siglo XVII donde vienen a decir los vecinos: ¿no andamos por las mismas calles y van nuestros niños a la misma escuela?, ¿es que vamos a ser tan imbéciles que tengamos que construir otra catedral con lo que cuesta y lo bonita que es esta? Y desde entonces la comparten los dos cultos.

Y entonces me puse a pensar si existirá un gen del pragmatismo y que, si así fuera, no debieron de venir a Galicia suevos bastantes para que a nosotros se nos pegase algo.

Aquí todo es por duplicado o triplicado o más. Recibo seis alertas de proyectos de investigación de distintos organismos públicos de Galicia (o sea, hay 6 personas haciendo lo mismo, cuando llegaría una que lo hiciese bien). Tenemos en la Universidad de Santiago el mejor instituto forense del mundo, pues, hala, lo dividimos y creamos otro (es cierto: hay dos), a ver si conseguimos dejar de ser los mejores. Y así todo.

Yo creo que en Galicia esto nos viene ya desde la Edad de Bronce, como mínimo. Me imagino Galicia a la llegada de los romanos llena de castros y cada casa de cada castro con su hórreo o lo que tuvieran de aquella, pero nunca ni en castros ni en casas compartiendo nada, y no creo que, además, el panorama fuese mejor en el resto del territorio peninsular, como tampoco lo es ahora. ¡Cómo no nos iban a conquistar!

Es un milagro que exista un CESGA, un Centro de Transfusiones, MeteoGalicia o una Fundación Xenómica (que bastantes esfuerzos cuesta), y no sigo, que mi hija Mar, que se ríe de lo que voy escribiendo, me dice con sorna: «Papá, ¡no nos des ideas!».

Y ahora no puedo dejar de pensar en mi amigo Peter Schneider cuando, después de sobrevolar Alvedro, aterrizamos en Lavacolla y vio allí dos torres de control, dos edificios, dos aparcamientos... y me dijo con los ojos abiertos como platos (y eso que no llegamos a Vigo): «Pero ¡cómo! Además del que acabamos de pasar, ¿tenéis dos aeropuertos en el mismo sitio?».

Como ellos no tienen el gen de la retranca, no me entendió cuando le contesté: «Pues claro, Peter, es que los gallegos somos muy precavidos, ¿y si falla uno?».

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