El mal trago de dejarlo. Los expertos recomiendan hacerlo de la mejor forma posible.
17 ene 2015 . Actualizado a las 10:15 h.En la mayor parte de los casos no se puede determinar quién lo pasa peor: el que deja o el dejado. De hecho, muchos terapeutas advierten de que el que toma la situación corre más riesgos de salir con cicatrices del trance. No hay que dejarse llevar por los sentimientos, pero tampoco planificarlo tanto que eso nos lleve a retrasar demasiado el desenlace. Y sobre todo hay que pensar en el otro: su sufrimiento puede ser una bala que rebote en nuestro corazón.
Expertos en terapia de parejas como el psicólogo coruñés Enrique Marcotegui reconoce que nunca es fácil y apela a que se haga valer el cariño que existió en la pareja. La idea pasa por no hacer nada doloroso, aunque primando siempre la sinceridad de los sentimientos. Cuenta que es un momento para que nos escuchen, pero también para escuchar. «No es una etapa para culparse, sino para tomar o compartir la responsabilidad de encarar el futuro con optimismo», zanja.
Hay una larga lista de libros para encajar casi todas las consecuencias de una ruptura y la mayoría apuestan por usar más la cabeza que el corazón. Algunos incluso detallan estrategias similares a las descritas para afrontar una entrevista de trabajo.
Te quiero, pero...
El paso más duro es, en ocasiones, asumir esta idea. Pero es muy necesario: al menos eso recomiendan expertos como Walter Riso en obras como Te amo, pero prefiero dejarte: «A pesar de lo que sintamos podemos y debemos comprender que el otro no nos conviene; que no le viene bien a nuestros proyectos de vida», algo que implicará que pasemos de un estado regresivo a uno progresista. Riso proclama que «siempre debe haber un espacio para la razón en el intercambio amoroso». Este doctor en psicología también recuerda que se trata de un proceso para aprender: «Algunas separaciones son instructivas, te enseñan lo que no quieres saber del amor».
Sinceridad y cara a cara
Nada de esconderse. Psicólogos como Marcotegui recomiendan que al romper la relación «siempre es mucho más saludable» tener la conversación cara a cara, y evitar medios como los correos electrónicos, las llamadas telefónicas o los mensajes de texto. Explica que el diálogo, aunque sea duro, servirá para intercambiar opiniones y un momento para aprender «lo que se ha hecho bien, y lo que se puede corregir para futuras relaciones». A veces es inevitable no pronunciar el mítico: «Tenemos que hablar» y la clave es elegir bien el momento.
Mejor en privado...
¿Dónde soltarlo? En casa podemos alargar y dramatizar en exceso el episodio, pero los expertos recomiendan hacerlo siempre en un terreno privado y cuando comienza el día. Nada de soltarlo en un local público para que el otro pueda terminar sumido en un mar de lágrimas y ser la atracción más nefasta a la hora del aperitivo. Aunque tampoco es necesario aguantar demasiado tiempo hasta encontrar el momento perfecto, porque esta situación indefinida puede hacernos sufrir o repensar demasiado determinadas cuestiones. Así, que un espacio al aire libre, no lejos de casa y no muy tarde puede ser el escenario más adecuado.
¿Controlarse... o no?
No es bueno reprimir sentimientos, pero tampoco es necesario recrearse en aquellas situaciones que nos hacen daño. Hay que ser fuertes para abandonar el diálogo cuando la otra persona se comporta de una forma que nos hiera (recurriendo a chantajes como recordar los momentos en los que fue un apoyo, por ejemplo) o simplemente cuando muestra su enfado con demasiada fuerza. Entonces hay que medir con cautela si debemos ausentarnos para templar los ánimos propios y ajenos. Terapeutas como María Jesús Álava (autora de La inutilidad del sufrimiento) recomiendan mostrar en estos casos seguridad y no dejar que nos culpen de todas las desgracias presentes y futuras. Si es necesario, debemos tomar unos minutos de descanso para pensar, respirar y hacer recapacitar al otro. La clave es no sentirse culpable. Sufrir sale caro: «El sufrimiento exagerado provoca un desgaste exagerado a nivel físico, una irascibilidad creciente a nivel psíquico y un desplome enorme de nuestro control emocional».
Cuando hay niños...
Los niños aprenden a querer viendo cómo lo hacen sus padres, no escuchándoles hablar de ello. Aún así, hay que explicarlo —juntos y serenos— y darles la seguridad de que su mundo se verá afectado en la menor manera posible.
Ser firmes
No hay que pagar peajes ni en el amor ni en la vida. Al menos, esta es la recomendación de los psicólogos que aseguran se debe ser firme ante los requerimientos de los ex más despechados. Y si insisten demasiado hay que darles razones como las que aporta Álava: «La vida no se termina cuando se termina un amor, por mucho que creamos que el amor es nuestra vida; la vida se termina cuando nos negamos a sentir, a ver y a escuchar... y sobre todo a razonar o cuando no controlamos nuestros pensamientos».