10 ene 2015 . Actualizado a las 05:00 h.
Que el aspecto físico sea juzgado en voz alta por otro es una rareza tal que solo las personas criadas en países machistas podemos considerar agradable o cuando menos normal. No se trata de que el señor en cuestión sea fino o vulgar, nos conozca o ni siquiera le dé tiempo a mirarnos a la cara; el mero hecho de que se considere con derecho a compartir su opinión con nosotras o con otros es ya incomprensible. En el fondo, esa es la clave: creerse con derecho para opinar, como si las mujeres fuésemos un plato de comida o una prenda de ropa. No debemos permitírselo.