Cayetana de Alba, aristócrata de cuna y gitana de corazón

Sara Carreira Piñeiro
sara carreira REDACCIÓN / LA VOZ

SOCIEDAD

La vida de la duquesa estuvo marcada por la ausencia de la figura materna y unos primeros años difíciles

20 nov 2014 . Actualizado a las 14:56 h.

La vida de Cayetana de Alba fue larga, apasionante y divertida, pero ni su trayectoria ni su carácter se entienden sin tres momentos fundamentales: la muerte temprana de su madre, ausente de sus recuerdos por la tuberculosis que le acabó costando la vida; la Guerra Civil; y la muerte de su padre en 1953. Son tres episodios durísimos para una mujer que responde a la perfección al canon de la época que le tocó: tuvo la libertad de que gozaba la clase alta; fue esclava de las obligaciones de su título; y muestra un carácter tan romantico propio de su educación, que roza lo infantil.

El padre de Cayetana, conocido como Jimmy Alba, era el XVII duque de Alba, Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, y resultaba el aristócrata ideal: amante de las artes, culto, divertido, gran conversador, elegante y millonario. Fue mecenas de Zuloaga, Sert y Falla; amigo del arqueólogo Howard Carter; y medio novio de Linda Thomas, una millonaria norteamericana con la que no se pudo casar porque era divorciada, pero con quien siempre mantuvo una gran amistad, incluso después de que esta se casase con el músico Cole Porter.

A los 42 años, Jimmy Alba decidió que tenía que sentar cabeza y lo hizo con Rosario de Silva y Gurtubay, Totó, única hija del duque de Híjar (3 veces duquesa, 3 veces marquesa y 5 condesa), guapísima, elegante, gran amazona y golfista y también millonaria. La boda fue en Londres en 1920, y enseguida se vio que tener hijos iba a ser un problema, ya que Totó sufrió varios abortos; el embarazo de Cayetana lo pasó en reposo absoluto, hasta su nacimiento en marzo de 1926. Aunque en el momento de llegar la niña, a las dos de la madrugada, Jimmy Alba estaba en la planta baja de Liria de sobremesa con Gregorio Marañón, Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala, eso no quiere decir que no quisiese a su hija. Al contrario, la adoró desde el primer momento y jamás le importó que no hubiese sido un varón. Pasó poco tiempo antes de que Totó cayese enferma de tuberculosis, dolencia mortal en esa época, y desde el principio los duques decidieron que la pequeña Cayetana se mantuviese alejada de su madre: la tisis mataba a familias enteras. En 1934, Cayetana y Jimmy se quedaron solos.

La niña se fue a vivir a París con su abuela materna, Rosario Gurtubay, que tenía 55 años y se hizo cargo de la pequeña. En París acudía a un internado de monjas que Cayetana recordaba con horror. Los veranos los pasaba en Dueñas, en Sevilla, con su tía paterna Sol, a quien adora.

Suspiró por un hermano

Toda esta historia que casi antecede a la vida de Cayetana explica muchas cosas de su carácter. En su libro del 2014 Lo que la vida me ha enseñado no se cansa de repetir el miedo que tenía a la soledad, y hasta explica que eso había justificado en parte sus dos últimas bodas, con Jesús Aguirre y Alfonso Díez. También tuvo claro que hubiese deseado con todas sus fuerzas tener un hermano o hermana con quien compartir infancia y soledades, sin que le importase lo más mínimo perder la titularidad del ducado por ese hecho. Igualmente, fue la falta de un modelo de madre lo que, para Cayetana, la convirtió en una mujer desapegada de sus hijos mayores, algo que estos siempre le echaron en cara. Ella razona, además de lo anterior, que en los años 50 y 60 los padres de clase alta no le dedicaban demasiado tiempo a sus retoños.

El segundo gran hito vital de Cayetana fue la Guerra Civil. En ese momento, su padre estaba en Londres y hasta allí se llevó a su hija. Ella, con apenas diez años, se codeó con Winston Churchill (familiar de su padre) así como con la futura Isabel II, pero, lejos de sentirse deslumbrada, Cayetana se aburría mortalmente, todo le parecía muy serio y triste, y añoraba la luz y ruido de Sevilla y a su tía Sol. En noviembre del 36, su padre le dijo que se habían quedado sin casa, Liria estaba completamente destruido por las bombas alemanas que apoyaban a Franco (aunque el saqueo posterior les dejó sin cristalerías y vajillas, los cuadros habían sido guardados en los sótanos del Banco de España, y los tapices, en la Real Fábrica). Eso no significa que los Alba estuviesen viviendo en la calle, ya que se hospedaban en el Claridge?s, uno de los más elegantes, aún hoy, hoteles de Londres.

Liria, un símbolo

La destrucción de Liria marcó un punto de inflexión en la vida de Cayetana. Por una parte, la realidad se impuso a su exilio de lujo; por otra, definió su trabajo para las siguientes décadas, tanto que cuando el duque murió en 1953 la reconstrucción de Liria todavía no estaba terminada. Desde que Cayetana tenía 10 años entendió cuál era su papel como responsable de la Casa de Alba: mantener el patrimonio, engrandecerlo, cuidarlo. Eso definió gran parte de su vida, y ella misma confiesa que el título de Alba le obliga hasta en las cosas menores: «Tras la boda con Alfonso, lo primero que hice fue retomar mi agenda de actos benéficos y sociales -recordaba la duquesa en su último libro-, aunque reconozco que cada día me cuesta más, pero es mi deber y, como ya he dicho, siempre me ha gustado cumplir con mi obligación».

Una duquesa diferente que no podía soportar la soledad

Cayetana pasó temporadas en Sevilla durante la guerra, y, aunque Dueñas se había convertido en un hospital de campaña, siempre guardó maravillosos recuerdos de esta etapa. Con el fin de la contienda, Jacobo Alba fue designado embajador en Londres y se llevó allí a su hija de 13 años, que se encontró con la Segunda Guerra Mundial. Fueron años duros para Cayetana, pero no por las privaciones, sino otra vez por la soledad: vivía en una casona a las afueras de Londres con su institutriz, solas durante la semana, y el duque se acercaba los fines de semana. Ella se codeaba con el hijo del Tolstoi y las hijas de Churchill le tenían que hacer la reverencia al saludarla; pero ese protocolo la asfixiaba, se aburría en los tés elegantes, y, por mucho que aprendía a disimular la zozobra, Cayetana suspiraba por Sevilla, y por Pepe Luis Vázquez, el torero de moda, del que una adolescente marquesita (15 años) se enamoró, romance platónico que el duque cortó de raíz.