De la «fregona» a los juegos de indios

El curling ha dado paso a una oleada de actividades exóticas como el «balonkorf», el «lacrosse» o el «gateball»


redacción / la voz

El mundo globalizado de hoy ha hecho que juegos totalmente desconocidos estén encontrando su espacio entre aquellas personas que escapan de las disciplinas más comunes, léase fútbol o baloncesto, las más practicadas en el mundo. Así lo constata un estudio reciente de la Fundación Marcet, que asegura que el abanico de actividades se ha incrementado.

Ha llegado la hora de acostumbrar el oído a palabras como blokart, tchoukball, crossfit, freestyle, sófbol, gateball, balonkorf o lacrosse. Esta lista, que se podría ampliar hasta una veintena de nuevos deportes, ya cuenta con seguidores en España. Comenzó la fiebre hace algunos años, cuando en las olimpiadas de invierno los telespectadores vieron atónitos a gente lanzando sobre hielo una pieza y al resto del equipo con una «fregona» frotando el suelo para abrirle paso al extraño bolo. Era el curling, disciplina venida de países gélidos. Incluso España ya tiene selección y una decena de equipos federados.

La democratización del golf, el esquí o el tenis fue posible gracias al desarrollo de infraestructuras públicas y privadas, y que ha tenido su lectura en un aumento del nivel de los deportistas españoles en competiciones internacionales. Veamos las novedades que han irrumpido en el panorama. ¿Qué es el balonkorf o korfball? Una especie de baloncesto. Hay que meter una pelota en una canasta de mimbre o plástico y sin tablero. Dos equipos de cuatro integrantes que pueden ser mixtos y dos zonas de juego: defensa y postura. Nació en 1902 en Escandinavia y se exhibió incluso en las Olimpiadas de Amberes de 1920. En la posibilidad de jugar hombres y mujeres juntos está radicando su éxito.

Otra nueva actividad nos llega esta vez de Canadá, donde está considerado como una disciplina de rango nacional. Es el lacrosse, un juego de velocidad en el que se dirige el balón con unos palos que incorporan unas pequeñas cestas. La pelota hay que introducirla en la red contraria. Sus inventores fueron los indios americanos de las colonias francesas.

De reciente penetración en España y rápida difusión es el llamado freestyle, un juego individual que consiste en realizar toques continuos con un balón de fútbol a lo estrella consagrada. Eso sí, sin que el esférico toque el suelo. En resumen, significa el ascenso de una práctica habitual de los chicos de la calle ahora con etiqueta de deporte.

Algunas de las disciplinas nuevas tienen algún elemento común a otras. Fue el caso del balonkorf con el baloncesto, o del gateball, que toma mucho del croquet inglés pero que tiene diez jugadores por equipo. Hay palos y puertas -de ahí su nombre- por las que hay que hacer llegar la bola. En Japón, donde nació, este deporte jugado al aire libre y sobre hierba causa furor, hasta el punto de que es practicado por más del 30 % de su población. La pasión por el gateball ya llegó a América, donde Argentina, Paraguay, Bolivia, Uruguay, Perú o Brasil compiten con potencias como China o Corea del Sur por la supremacía.

Otro juego que llega con fuerza es el choukball, ideado en Suiza en los años 70 del pasado siglo. Dos equipos de 5, 7 o 9 jugadores tratarán de hacer rebotar una pelota semejante a la del balonmano sobre una de las dos plataformas existentes. El tanto es válido en cualquiera de las dos.

Semejante al «egoísmo» del freestyle, por su individualidad, irrumpe el crossfit, una puesta a punto de estilo superhéroe, con muchas dosis de gimnasio y ejercicios propios que machacan el cuerpo con resultado de tableta.

Al igual que ocurre con el kitesurf -una especie de surf que combina vela y tabla-, el viento es la fuerza motriz del blokart, disciplina en plena expansión. Un vehículo monoplaza o biplaza semejante a un triciclo sobre el que va insertada una vela tipo windsurf, y que puede alcanzar 80 kilómetros hora. Eso sí, requiere espacios amplios y despejados para su práctica. Hay una Asociación Española de Blokart que promueve un deporte que tiene además una vertiente de integración social, pues permite a los usuarios con discapacidad disfrutar de las sensaciones.

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