Encerrada en la torre del olvido, del castillo del conde Mastrike, se encontraba prisionera ella, llevando atadas unas cadenas en todo su cuerpo, que le impedían moverse, porque apenas tenía fuerzas para intentar romperlas, al no comer ni beber nada desde hace varios días, estando al borde de la muerte. Borrándosele de su espalda un tatuaje, en el que tenía dibujados unos delfines, de cuya boca salían unas palabras hermosísimas: «Derechos Humanos», pintadas con la sangre derramada por los hombres y mujeres que lucharon para defenderlos desde la aparición de las civilizaciones antiguas hasta hoy en día.
Conservaba únicamente su sonrisa blanca, imperturbable, a pesar de estar pasándolo mal, teniendo más moral que el alcoyano.
Ya nunca más vería a sus hijos: respeto, igualdad, tolerancia, dignidad, justicia y esperanza que anidará en los corazones de las gentes para lograr cambiar las cosas. Haciendo un poco mejor este mundo, que ahora está dominado por una mujer rubia, llamada «Crisis» que lo puso todo patas arriba, caminando con paso firme por la aldea global, en la que los ricos son más ricos y los pobres, más pobres cada vez. No llegó sola pues venía acompañada por sus hermanas: injusticia, hambre, pobreza, desigualdad, usura, vileza, desobediencia, intolerancia, corrupción y su prima desesperación.
En las noches de plenilunio, se pueden oír sus llantos y alaridos de dolor, que se entremezclan con los sonidos de la oquedad, gritando a los cuatro vientos:
¡Libertad!, para pensar, estudiar, trabajar y vivir, enamorándote de la vida, disfrutando de las cosas pequeñas, sin que la «Casta» nos ponga obstáculos para lograrlo. Siendo el perro del hortelano que no come ni deja comer, porque quiere controlar todo, creando un caos total, naciendo la jungla del asfalto, en donde impera la ley del más fuerte.
Victor García Carro (A Coruña, 32 años) es auxiliar administrativo.