Al café están ustedes invitados

La Voz T. MONTERO, R. GARCÍA Y R. SOTELINO

SOCIEDAD

MARCOS MÍGUEZ

La red de los cafés pendientes se extiende por Galicia

08 feb 2014 . Actualizado a las 18:12 h.

A este invito yo. Es una de las frases más repetidas en los bares y cafeterías del país. Parecía que el estallido de la crisis iba a barrer de una vez por todas del lenguaje cotidiano el «te invito a un café». Y sin embargo, ha sido todo lo contrario. Salvador Martí, propietario del bar Abrente de Compostela, ya ha servido unos 400 cafés de invitación. No los paga él. Lo hacen los clientes que cada día cruzan la puerta del número 46 de San Pedro de Mezonzo. Y no convidan a cualquiera. Los cafés están reservados a los que más los necesitan: los que no tienen nada. La red de los cafés pendientes comenzó a tejerse en Italia. Los tentáculos se extendieron primero a Barcelona y después a Madrid. De la capital española dieron el salto a la gallega. El Abrente es el tercer bar de España que se sumó a la iniciativa de los cafés pendientes, pero van mucho más allá. También dan bocadillos y hasta cama -una o dos noches máximo por persona- a cambio de nada. Es una manera de devolver de alguna manera la solidaridad que le demostraron los compostelanos cuando él a punto estuvo de quedarse sin nada y vivía al día y prácticamente con lo puesto.

Su jovialidad y ganas de regresar lo recibido antaño le han llevado a unir a los hosteleros del país en una entidad, la de hosteleros solidarios, que ya aglutina más de 260 socios dispuestos a dar. Hasta se ha sumado una gran cadena hotelera, que repartirá una vez terminado el servicio de desayunos la comida que antes se desperdiciaba. Y además, su afán solidario es contagioso. El virus se lo ha pasado a su clientela, especialmente a los estudiantes. Lo cuenta poco después de que dos personas hayan salido por la puerta con un bocata gratis. Han cruzado la ciudad andando para llevarse algo a la boca por primera vez en el día. Si el perfil de los solidarios es de jóvenes, el de los que acuden a tomarse un tentempié solidario es de personas de entre 50 y 60 años. Los hay gallegos. Los hay que nunca pensaron en encontrarse en esa situación. Los hay también que van a diario a por el sustento de toda su familia.

Al otro lado de la barra, un cliente dice que ya ha pagado alguno que otro. «Y está en el paro, así que imagínate el esfuerzo», dice Martí. El cliente responde con un escueto «lo hago para ayudar». Esa es la filosofía. Ayudar.

Once de la mañana. Marcelino, el mendigo de la esquina, entra al bar. Le acompaña la que desde hace unos meses es su novia, una mujer que pide limosna en el siguiente cruce de la calle. Hace frío. A media mañana ambos suelen entrar a tomar café para combatirlo. En un extremo de la barra del bar un hombre, de unos cincuenta años, está leyendo el periódico. Pasados unos minutos levanta la cabeza y mira a los mendigos. Luego le dice al camarero: «Me cobra lo de esos señores». Ellos sonríen y agradecen la invitación con un casi al unísono «muchas gracias, señor». El paisano sigue leyendo. Esto ocurría en un local de A Coruña antes de los cafés pendientes.

«¡Qué mínimo que un café!»

«¡Qué mínimo que un café!», sostiene Cristina Muñoz. Ella se lo paga a un futuro cliente porque «vemos tan básico tomar un café que no nos damos cuenta de que hay gente que no puede pagarlo». Nunca ha visto quien se beneficia de su invitación: «Vengo con gente y no me fijo». Aunque no vive cerca, es clienta habitual del Etnika's, un gastropub que hace dos años abrió su amigo Isidoro. En este aparecen más de 50 entregados desde que el pasado mes de mayo se sumaron a la iniciativa solidaria. Hay 27 cafés y tres tapas esperando cliente. «Tapas no suelo dejar», comenta Cristina, que lleva una agencia de publicidad y tiene una página web (zonaderecreo) en la que están todas las actividades para niños de la provincia coruñesa. Por el momento, entre los beneficiarios de estos cafés «no hay gente fija», dice. Y es que «pedir nos cuesta a todos. Esta campaña se movió mucho en las redes sociales pero los destinatarios no suelen acceder a ellas, aquí lo que funciona es el boca oreja». Cristina defiende la continuidad: «Sé de algunos casos en los que a gente que iba a diario a tomar café se le torcieron las cosas y, aunque no pueden pagarlo, les han dicho que sigan, les invitan».

La corriente solidaria internacional llegó a Vigo el año pasado de la mano de Alfonso Álvarez, propietario de la cafetería Max de la calle Areal, frente a la estación provisional de trenes.

Según cuenta, la idea al principio fue muy bien acogida, «pero como todas las modas, se ha ido diluyendo». Como un terrón de azúcar en una taza caliente.

Álvarez argumenta que, al menos por su experiencia, la propuesta no funciona tan bien como se podría pensar. Y no porque no haya generosidad. «Entre las personas que están en la indigencia hay muchas que tienen problemas de dependencia y si les ofrecieras otra cosa igual venían, pero por una taza de café pocos se mueven», opina. Alfonso reconoce que el marcador que contabiliza los cafés pagados hace días que no se mueve, aunque cuenta que tiene clientes de los dos bandos, «de los que pagan siempre dos cafés y de los que vienen a por él, como un hombre que dormía en un cajero en la calle Sanjurjo Badía».

¿Cómo saber que la personas que preguntan por el café carecen de recursos? La respuesta del hostelero es clara, pero en realidad no hay forma de saberlo, es cuestión de fe: «Este sistema se basa en la confianza y en la solidaridad». No hay más. Sigan invitando.