redacción / la voz

¿Esnobismo? ¿Distinción social? La última década ha visto renacer los proyectos de poblar de islas artificiales los mares. En el mundo existen poco más de una veintena. Arquitectos, ingenieros y magnates han unido esfuerzos para doblegar al océano.

La idea no es nueva. Ya en el siglo XVII los japoneses crearon Dejima. Otros ejemplos los encontramos en la tribu de los Urus del lago Titicaca, en Bolivia. O la más reciente isla Verde de Suez, en Egipto, emergida por la mano del hombre como fuerte defensivo británico en la II Guerra Mundial. Poco después, esos amansadores del mar que fueron los holandeses con sus pólder -técnica de ganar terreno al mar- fabricaron Flevoland, la isla artificial de mayor envergadura hasta hoy. O la tentación principesca de Rainiero y Grace de instalar en Mónaco una islita para ricos en 1963, idea que recogió La Voz.

La necesidad

El cambio climático ha apurado a los países amenazados por la subida del nivel del mar a aceptar como solución las islas artificiales. Caso de las Maldivas, en el Índico o las Kiribati en el Pacífico. En este último caso se transformó con basura un pequeño atolón en una señora isla.

La presión demográfica en Japón hizo aguzar el ingenio y apostaron aeropuertos sobre el mar. Igual camino lleva Israel, donde se sopesa la construcción de islas artificiales frente a Tel Aviv. Caso aparte es el del mexicano Rish Sowa, que montó en Cancún isla Espiral, una balsa de 20 metros con una base de miles de botellas de plástico que la mantienen a flote.

La fuerza de los petrodólares

Dubai invirtió sus divisas del petróleo en atraer turismo selecto. Proyectos como las tres Palm, archipiélagos con forma de palmera datilera, o The World, con forma de mapamundi, atrajeron monederos foráneos. Pero hoy algunas de estas creaciones árabes se hunden. El vecino Catar pretende emularlo con el plan Amphibius, un conjunto turístico semisumergido en el Pérsico. El petróleo también está detrás de los delirios de grandeza de Azerbaiyán, república que quiere plantar en el mar Caspio 47 islotes en los que cabe hasta un circuito de fórmula 1.

Los nuevos ricos

En China ya funciona junto a la isla de Hainan la exclusiva Fénix, un megaconjunto turístico y comercial de casi cuatro kilómetros cuadrados. Turquía ya aborda planes parecidos, como el de Havvada. Panamá construye frente a su capital el Ocean Reef, solo para ricos. En el camino quedó isla Federación, réplica del mapa de Rusia, de más de 300 hectáreas, una apuesta del presidente Putin en la olímpica Sochi, que no ha cuajado.

La versión española está en Valencia, donde se pretendía levantar La Luna, una isla frente a la playa de la Malvarrosa que albergaría un barrio entero, pero la crisis frenó su arranque. Más papeletas tiene para su continuidad el Real Madrid Resort Island, un complejo futbolístico-comercial en el desierto de los Emiratos Árabes bendecido por Florentino Pérez.

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La moda de las islas artificiales: ¿elitismo o necesidad real?