Las Blue Jasmine españolas

Disfrutaron sin hacer preguntas del lujo que les proporcionaba el éxito de sus maridos. Ahora son incapaces de asumir su caída


Estaban acostumbradas al lujo desaforado, al gasto sin límite y, sobre todo, a una elevada posición social con la que, gracias al brillo económico o político de sus maridos, eran aduladas por todos y recibidas en todos los salones. Vieron cómo el dinero entraba a raudales en sus domicilios y comprobaron que no había límites para las compras con sus tarjetas de crédito. Siempre supieron o sospecharon que aquello era era excesivo, pero no hicieron nunca demasiadas preguntas. La caída en desgracia de sus esposos, encarcelados, juzgados o despojados de sus fortunas, ha hecho que sus vidas se desmoronen. Repudiadas ahora por los mismos que antes las agasajaban, se muestran incapaces de rehacer su vida y de adaptarse a las nuevas circunstancias porque nunca tuvieron que ganarse la vida por sí mismas.

La última película de Woody Allen, Blue Jasmine, describe con maestría el auge y caída de las esposas de quienes fueron considerados magnates que simbolizaban el éxito y que tras el crac económico estadounidense terminaron arrojadas a una calle para la que no estaban preparadas, después de comprobar que sus maridos eran solo unos estafadores que vivían a costa de los demás.

Una legión de blue jasmines a la española

Con años de retraso, el estallido de la burbuja económica española ha hecho que los falsos magnates empiecen también a pagar por lo que hicieron y ha creado una legión de blue jasmines a la española. Mujeres que lo tuvieron todo, conocidas por gastar a manos llenas en las tiendas de lujo y que ahora parecen incapaces de comprender que han perdido todos sus privilegios y que su nueva situación las obliga a ganarse la vida. Algo para lo que no están preparadas y que a la mayoría de ellas las sume en un estado cercano a la depresión.

La mujer de Díaz Ferrán

Es el caso por ejemplo de Raquel Santamaría. Una mujer no demasiado conocida para el gran público. Casada con el que fue jefe de todos los empresarios españoles, el expresidente de la CEOE Gerardo Díaz Ferrán, nunca imaginó que acabaría siendo la esposa de un presidiario ni que todos los bienes de los que disfrutó con pasión terminarían embargados. Raquel, que llegó a dar nombre al yate de 30 metros de su marido, bautizado como el Leuqar, su nombre al revés, ha llegado a escribir una carta al juez junto a su esposo en el que reclama que se le asigne una cantidad mensual para la compra de alimentos «necesarios para su subsistencia». Díaz Ferrán le dice al juez que negarle esa asignación a su mujer supondría «dejarla en el más absoluto de los desamparos y en una situación de extrema precariedad personal». El matrimonio no oculta que el alto tren de vida del que disfrutaba se debía exclusivamente a los ingresos que generaban las empresas de Díaz Ferrán. El ahora preso reconoce que Raquel Santamaría «ha venido dependiendo exclusivamente» de él y que ahora no puede, por su avanzada edad, «trabajar por cuenta ajena ni propia». El juez, sin embargo, no cree que la situación de Santamaría sea tan desesperada como dice. Entre otras cosas, porque está convencido de que Díaz Ferrán puso a salvo una parte de su fortuna antes de entrar en prisión.

La esposa de Bárcenas

Tampoco pensó Rosalía Iglesias, la mujer del ex tesorero del PP, Luis Bárcenas, que siempre la trató como una reina y la permitió todos los caprichos, que algún día su marido, que presumía de ser intocable porque conocía todos los secretos del PP, acabaría en la cárcel. Aunque ahora se presenta como una mujer indefensa que nunca supo nada, Rosalía colaboró en el fraude a Hacienda, por el que está imputada, y nunca preguntó de dónde procedían las constantes entradas de dinero que le permitían vivir a todo lujo. No solo se codeaba con la élite empresarial que rendía pleitesía al todopoderoso Bárcenas, sino que llegó a ser amiga personal de Mariano Rajoy, al que trataba con familiaridad y con el que se intercambiaba mensajes SMS que ahora han salido a la luz. Hoy, Rosalía, como Raquel, parece incapaz de entender su situación y le pide al juez que la asigne 5.000 euros mensuales para sus gastos, una cantidad que el magistrado ha rebajado considerablemente. Sigue sin trabajar en nada.

La mujer de Francisco Correa

Otra que disfrutaba con gusto del derroche y la ostentación de su marido era Carmen Rodríguez Quijano, la esposa de Francisco Correa, que llegó a asistir como invitada estelar a la boda de la hija de Aznar, ocasión para la que encargó un vestido por el que pagó 3.845 euros. Hoy, Carmen es una apestada social a la que se le han acabado los días de vino y rosas en Sotogrande. Rodríguez Quijano, que llegó a manejar junto a su marido una fortuna incalculable -solo en Suiza, y a nombre de una de sus numerosas empresas fantasma tenían más de 20 millones de euros- no tiene dinero ni para pagar a su defensa, por lo que el abogado José Antonio Choclán la abandonó después de meses sin cobrar un solo euro de su minuta.

El caso Palma Arena

Tampoco Maite Areal, la mujer del expresidente de Baleares, Jaume Matas, hizo demasiadas preguntas sobre el origen de los fajos de billetes en efectivo que entraban en su casa. Pero los usaba a discreción. Era conocida por pagar siempre en metálico las espectaculares compras que hacía en conocidos anticuarios y joyerías mallorquinas. Fueron sus ansias de grandeza las que llevaron a Matas a comprar el palacete en el centro de Palma. Algo que puso el foco en su injustificada fortuna y acabó siendo su perdición. Aunque su marido la consiguió, siendo presidente, un trabajo ficticio pero bien pagado, tendrá que encontrar ahora uno de verdad.

Y la infanta Cristina

En un nivel muy distinto, porque sigue siendo una privilegiada a la que La Caixa ha asignado un sueldo de 238.000 euros anuales, la infanta Cristina ha visto cómo su codicia económica y la de su marido, Iñaki Urdangarin, la han dejado sin su palacete de Pedralbes, sin su asignación anual en el presupuesto de la Casa Real y fuera de cualquier acto institucional. Su empeño en tratar de no responder ante la justicia por lo que hizo demuestra que ella tampoco ha asimilado todavía su nueva condición.

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