Galicia se apunta al bum del «coaching»

SOCIEDAD

Llevar a una persona o a un grupo de personas a un objetivo. Esa es la labor del «coach», una figura que cada vez tiene más presencia en el ámbito gallego. En un momento de crisis como el actual, se ha revelado como como una atractiva salida laboral y cada vez más personas se forman para ello

18 nov 2013 . Actualizado a las 14:33 h.

Llegó y lo hizo para quedarse. El coaching, ese término que apareció tímidamente en Galicia a finales de la década pasada, actualmente forma parte del día a día de muchas personas y organizaciones. También se ha hecho un hueco destacado en el ámbito de la enseñanza superior o los congresos internacionales. Con ese anglicismo se denomina el proceso de entrenamiento personalizado que ayuda a la consecución de objetivos y el desarrollo personal y profesional. Para ello, el coach -la persona que dirige el proceso- ayuda a cambiar los esquemas mentales que impiden ese desarrollo. «Se trata de pensar bien para actuar mejor», resume Mario López Guerrero, profesional de la materia y autor del libro Con el tiempo en los talones. «El coaching sirve para encontrar la mejor versión de ti mismo», concreta.

López Guerrero conoce perfectamente la evolución de esta disciplina en Galicia. Cuando se presentaba allá por el 2008 como coach despertaba signos de admiración: «Aquello se veía como algo muy raro y americano». Efectivamente, en los años ochenta en EE.UU. se fija el arranque del coaching, aunque haya quien lo sitúe bastante más atrás. «Hay personas que incluso dicen que todo empezó con la filosofía socrática», puntualiza Ainhoa Mallo, otra coach muy prolífica en el ámbito gallego. Suyo es el método Dakota, que juega con la idea de que «la gente se hace fuerte trabajando en tribu» y desarrolla la «parte más infantil de las personas».

Reunión de emprendedores

¿Y cómo se logra eso? Hace unos meses Mallo reunió a un grupo de emprendedores, que no se conocían entre sí, en un pub de Santa Cristina, en Oleiros (A Coruña). Al poco rato se estaban pintando la cara unos a otros, como si de una tribu siux se tratase. «Aquello era una presentación y buscaba dos cosas muy simples - recuerda-. Primero, te voy a sacar de tu zona de confort, haciéndote hablar con los demás. Segundo, vas a hacer algo que no harías nunca». Y así, como indios, se creó el calentamiento previo para las siguiente sesiones. En estas se tratarían cosas como mejorar la comunicación, la gestión de emociones o la definición de objetivos. «Esto es clave -añade- muchas veces no progresamos porque no sabemos lo que queremos». El coach debe ayudar a eliminar toda esa nebulosa.

«En ocasiones tenemos bloqueos mentales, que nos llevan a repetir las mismas acciones equivocadas una y otra vez. Ante una situación, por ejemplo, una persona puede ver una o dos soluciones, cuando a lo mejor hay 15 o 15.000 que no logra ver», dice López Guerrero. Practica tanto el life coaching individual como el de equipos. En ese sentido, las empresas son los grandes clientes. Explica que este año trabajó para una que pretendía mejorar el funcionamiento de un equipo en el desarrollo de un producto. «Aumentó la productividad en un 20% tras las sesiones», asegura sin desvelar de qué firma se trata. «Hay cláusulas de confidencialidad», se excusa.

Los tres grandes mercados del coaching en Galicia son A Coruña, Santiago y Vigo. En esta última desarrolla la mayor parte de su actividad Jorge Domínguez. «Hay emprendedores con ideas buenas pero que no saben cómo afrontarlas y para eso estamos nosotros», sostiene. Habla de pasar de esa zona de confort a la que aludía Ainhoa Mallo a otra de transición o cambio. Desde ella se puede dar el salto al objetivo deseado. «Para llegar ahí es necesario perfilar una motivación y enseñar aspectos de inteligencia emocional o asertividad, entre otros». Todo ello, según Domínguez, se transforma en un impulso hacia esa meta. Y cada vez más gente pide esos empujones: «Yo dedico a esto dos días a la semana y ya estoy derivando clientes a otros compañeros».

López Guerrero da una idea de lo que puede costar un servicio de en Galicia: «En el coaching se cobra por todo un proceso que consta de un número sesiones, que varían en función del caso. Hoy por hoy, el precio de una sesión en Galicia oscila entre 75 y 350 euros. Aunque, bueno, en estos tiempos hay quien lo hace incluso gratis».

Regulación de la profesión

El éxito del coaching se produce en un momento en el que la profesión es lo suficientemente nueva como para carecer de una regulación. Entre los profesionales parece latir la necesidad de hacerlo, de uno u otro modo, para ordenar este bum. «Hace seis años yo conocía a seis o siete personas que se dedicaban a esto en Galicia. Hoy deben ser 500 o más», ejemplifica Mario López. «Hay cursos privados de 20 horas con el que te dan un título de coach», apunta Jorge Domínguez apelando a la necesidad de una formación mucho más completa. «Para ser un buen coach hace falta tener una experiencia de vida, sino la tienes es difícil que puedas ayudar a otros», añade Ainhoa Mallo que subraya otra de las características de un buen profesional.

En medio de este río revuelto surgen cursos de posgrado cuyo auspicio universitario otorga, a priori, un marchamo de calidad. En la USC acaba de surgir el Curso de Experto en Coaching. Tal y como expone Mariela Villar, su co-directora, pretende enseñar «una visión de todo lo que hay en el coaching de calidad, con sus diferentes corrientes». Prevé un aumento en la demanda de este tipo de formación: «En un contexto de crisis como el actual es muy necesaria la figura de un coach para encontrar nuevos métodos para afrontar los nuevos problemas, nuevos caminos para lograr éxito o nuevas soluciones. Cada vez se entiende más como una herramienta muy potente para todo ello».

En la primera edición de ese curso de posgrado compostelano, la presente, han sumado a 22 alumnos. En el de Introducción al coaching de la UDC, que lleva ya varios años en funcionamiento con su parejo de Especialización al Coaching, suman 25. Tal y como indica el codirector del mismo, Manuel Martínez, cada jueves se reúnen en sesiones de cuatro horas una amalgama de personas entre los que hay «integrantes de equipos de recursos humanos, mandos intermedios de empresas, profesionales autónomos, entre muchas otras cosas». Jesús Rodríguez pertenece a ese alumnado. De 41 años y responsable técnico de una empresa con personas a su mando, acude a las clases para «conocer más a la gente, escucharla mejor y, luego, aplicar todo eso a mi trabajo». Precisamente la clase de esta semana, tercera del curso, va de ello. La profesora Marcela Parga les habla del rapport, algo así como la sintonía psicológica y emocional que se produce entre dos personas. Todo coach ha de aspirar a ella. Les señala cómo tienen que atender al otro sin juicios. «Hay que escuchar lo que se dice, no lo que creéis que se dice», sintetiza. Se trata de conceptos simples sobre los que armar el edificio profesional posterior. Algunos alumnos lo tienen claro, como Emma, una psicóloga de 30 años: «Este curso lo enfoco a nivel totalmente profesional». Otras, no tanto. A Nuria Martínez, bibliotecaria de 30 años, le atrae como «herramienta de comunicación a nivel personal, aunque también puede que lo aplique en lo profesional, nunca se sabe».

Nada que ver con la psicología

Como todas las nuevas profesiones, al coaching se le define a veces con analogías. Y la de situarlo en conexión con la psicología se repite de continuo. Craso error. «Yo no tengo pacientes, tengo clientes. El coaching no es una ciencia, es una forma de trabajar procesos de cambio», delimita Jorge Domínguez. «La psicología escarba en aspectos de la vida pasada y es una terapia. El coaching va de ponerse en acción y mirar hacia delante», refrenda Ainhoa Mallo. «Sí, lo nuestro no es buscar si un suceso traumático de la infancia ha podido condicionar la vida de alguien, sino de despejar el futuro», concluye López Guerrero.