Mrs Schiannini

La Voz

SOCIEDAD

Mrs Schiannini era una dama escocesa muy gorda que apenas se movía. Casada con un elegante y cortés italiano, regentaba una pensión para caballeros solteros en pleno centro de Soho. Mientras Mrs Schiannini pasaba el día recluida en casa, sin recibir apenas visitas, su apuesto marido se encargaba de hacer la compra y de traer a casa el periódico que luego ella diseccionaba minuciosamente todas las tardes después de comer. Al nacer yo, mi madre no tuvo más remedio que llevarme al trabajo y dejarme al cuidado de Mrs Schiannini. La dama escocesa decidió que la pequeña española tenía, en realidad, «cara de Lola» y así me rebautizó en aquella casa georgiana, donde María se quedó en el umbral y «Loula» fue creciendo hasta poder subir las escaleras de dos en dos, para llegar antes a aquella cocina que olía a repostería prohibida. Mrs Schiannini incumplía su dieta perenne cada vez que, desde su ventana, veía a su marido doblar la esquina de la calle. Entonces, abría el cajón de la mesa y me daba veinte peniques para comprar un helado de cucurucho para mí y otro para ella. Vivía enteradísima de lo que ocurría en el mundo. Estaba al tanto de la crisis del petróleo. Sabía que el cambio de gobierno a favor de Thatcher iba a redefinir el perfil del Reino Unido. Incluso hablaba del Kremlin de Moscú. Sin embargo, no sabía que un cucurucho de helado costaba ya veinte peniques debido a la inflación y que la diferencia la ponía yo de mi paga. Su mundo tangible se reducía a aquella cocina, donde jugaba al solitario con una baraja que no tenía ni copas ni oros. Su único contacto con el mundo cotidiano del barrio éramos mi madre, con su limitado inglés, y yo. En su cocina, abrimos puertas a dos mundos incompatibles. Intercambiábamos retazos de cotidianidad por historias de la literatura clásica inglesa, mientras degustábamos sus dulces caseros prohibidos para ella. Entre bocados, yo la paseaba por nuestro Soho, luego ella me guiaba por el Londres de Dickens. A pesar de las décadas que nos separaban, fuimos cómplices de esa fusión de espacio y tiempo, en un espacio con olor a canela y libros.

maría

gestal

couto

Oleiros

46 años

Profesora y traductora