Como el alcohol y el tabaco

Uruguay es el primer país del mundo en regular la producción y comercialización de la marihuana


Redacción / La Voz

Tomar alcohol o fumar tabaco, en público o en privado está al alcance de cualquier persona mayor de edad en cualquier parte del mundo, a pesar de tratarse de dos sustancias tóxicas que pueden provocar grave daño para la salud y que cada día son más gravosas también para los bolsillos por la altísima presión fiscal que soportan.

Cuando el cigarrillo, además de tabaco, incorpora algún derivado del cannabis, llámese hachís o marihuana, la cosa se complica. Esas sustancias, cuya nocividad no es mayor que la del alcohol y del tabaco, son ilegales, porque así lo decidieron en los años 30 del siglo pasado en la ONU. Ello hace que se dispare su precio y que su simple tenencia y/o comercialización, en función de la cantidad y el país, pueda ser delictiva.

Pero esos valores añadidos no son obstáculo para que su consumo sea masivo y creciente. Las estimaciones oficiales de la propia ONU hablan de 160 millones de consumidores a nivel mundial, con un crecimiento del 10% en la última década.

El hecho de tratarse de la droga ilegal más consumida, cuya comercialización genera una altísima rentabilidad y con un riesgo muy inferior para los traficantes que el resto de las sustancias ilícitas de elevada demanda, como la cocaína -las penas en el caso del gran tráfico se reducen casi a la mitad, porque no causan «grave daño para la salud», según la legislación de la mayoría de los países-, la convierte en un gran negocio para mafias y en muchos casos les sirve para financiar operaciones de cocaína.

Mucho cinismo

Frente a esta realidad la respuesta de los estados, especialmente en Europa, se ha caracterizado por su cinismo. Han optado por la legalización o al menos la despenalización del consumo y por perseguir solo el tráfico.

El país que llegó más lejos en esta política fue Holanda. Desde hace dos décadas tolera la venta al por menor y el consumo de cannabis en tiendas y cafés especializados, sin legalizar ningún sistema de abastecimiento de los mismos, que quedó o al menos acabó en manos de las mafias. Desde enero del año pasado, los coffeeshops -unos 650- se convirtieron por ley en clubes privativos para ciudadanos holandeses o residentes.

En Estados Unidos, el primer consumidor mundial de todas los drogas, especialmente de la marihuana, varios gobiernos federados regularon su venta bajo indicación médica y el año pasado dos estados legalizaron el consumo recreativo, algo que choca con las leyes federales, lo que pone en tela de juicio su aplicación práctica.

Estrepitoso fracaso

Varios expresidentes de gobierno, un exsecretario general de Naciones Unidas, un exsecretario de Estado de EE.UU., varios premios Nobel y otras personalidades de todo el mundo han hecho público hace un par de años un manifiesto en el que constataban el estrepitoso fracaso de la guerra global contra las drogas, en vigor desde hace más de medio siglo, e instaban a los gobiernos a «experimentar con modelos de regulación legal de las mismas, a fin de socavar el poder del crimen organizado y para salvaguardar la salud y la seguridad de los ciudadanos».

Hasta el momento, el único gobierno que ha hecho algo por poner en práctica estas recomendaciones fue el de Uruguay. Por iniciativa de su presidente, José Múgica, el parlamento aprobó el pasado miércoles una ley que equipara la marihuana a las otras dos drogas legales de consumo masivo: alcohol y tabaco.

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