Las cuidadoras son en Galicia el apoyo de muchos padres en la utópica conciliación. Ellas asumen gran parte del trabajo ingrato de la crianza en un sistema que ha convertido a las familias en miniempresas
24 feb 2013 . Actualizado a las 18:13 h.Las vidas de Silvia, Belkis y Conchi se cruzaron con las de Paloma, Teresa y Lorena por una necesidad: la de atender a los hijos de estas últimas cuando se incorporaron a trabajar. Ni Paloma, ni Teresa ni Lorena lo expresan de otro modo, aunque sus historias personales y profesionales difieran. «Llega un momento en que tienes que resolver qué hacer con los niños y en mi caso no contaba con ninguna otra ayuda familiar, ni abuelos ni hermanos cerca, y unos horarios incompatibles entre mi marido y yo. Por eso, cuando se me acabó la excedencia, decidimos contratar a alguien», cuenta en A Coruña Teresa, madre de Estela y Guillermo, de 8 y 7 años.
Entre ellas, cuidadoras y madres, se ha creado ahora un vínculo tan estrecho que relatarlo en términos de empleadora y empleada sería, además de injusto, un ataque directo al corazón de quienes pasan ocho horas al cuidado de los más pequeños. «¿Que si les tengo cariño a estos niños? ¡Yo los adoro! Son parte de mí. Son mi familia: ¡Diego estaba en la barriga de su madre cuando yo llegué a su casa y Clara tenía dos añitos!», exclama ofendida Conchi Guillén, quien trabaja para Lorena y José Luis, al cuidado de sus hijos, desde hace más de siete años.
Como ella, Silvia y Belkis se dedican de forma exclusiva a una profesión que se ha englobado laboralmente bajo la etiqueta «empleada de hogar» en el régimen general de la Seguridad Social al que pertenecen (sistema especial de empleados de hogar). Y en el que, según datos del ministerio a 31 de enero del 2013, en Galicia están inscritas 27.157 personas (26.444 mujeres y 513 hombres).
Unas cifras que no permiten deducir cuántos se dedican al cuidado de niños, pero sí aproximarse a la situación real de mujeres como Belkis, Conchi o Silvia, a las que popularmente se las conoce como cuidadoras. Sus contratos, a tiempo completo, explicitan tareas domésticas como planchar, limpiar o cocinar, pero la motivación real de su empleo es la falta de conciliación familiar y la urgente necesidad de encontrar a alguien que atienda a los niños. Por un trabajo de 8 horas diarias cobran una media de 750 euros, con dos pagas extras que suelen ser de medio sueldo. Tanto si trabajan por horas como si no, es el empleador quien abona la seguridad social (unos 150 euros por 40 horas semanales). No tienen derecho a paro y son las familias quienes pagan la seguridad social en caso de baja laboral.
Así lo confirma Paloma, que ha sido madre de Nicolás hace tan solo nueve meses y ha vivido la incorporación al trabajo con la desazón propia de una primeriza: «Separarte de tu bebé es difícil. Las empresas hablan de conciliación y presumen de darte facilidades, pero la realidad (y más en este momento) es que hay una presión terrible. Mi marido y yo vivimos en Vigo y decidimos que la mejor opción para nuestro hijo, siendo tan pequeño, era contratar la ayuda de una persona. Mis padres trabajan, y la dependencia de los abuelos tampoco la queríamos. Lo que buscas por encima de todo es alguien de confianza, una persona buena y responsable, y tuvimos la fortuna de encontrar a Silvia. A ella ya la conocíamos porque trabajaba para unos amigos que se han ido a vivir fuera de España y ya sabíamos cómo encajaríamos».
«Es una prolongación de mi»
Porque lo importante para que la relación funcione entre ambas partes es esa finísima línea de respeto, cariño y lealtad de uno y otro lado. «Silvia es una prolongación de mí -explica Paloma-. Es mi otro yo. No puede ser de otro modo. Porque este es un trabajo muy peculiar: de repente una persona desconocida cuida de TU hijo, de TU casa, de TU perro... ¡Cómo no voy a valorarla! Yo lo que quiero por encima de todo es que ella esté contenta para que mi hijo esté bien».
De la misma opinión es Teresa, cuyo ritmo profesional siempre ha sido intenso. Con dos hijos de 8 y 7, ha pasado por todo tipo de situaciones por su condición de madre trabajadora. Su profesión en el ámbito financiero la ha obligado a viajar con frecuencia fuera de España, con unos horarios disparatados (tanto o más que los de su marido), así que cuando nació su hija sintió una grandísima responsabilidad para seguir al mismo nivel profesional.
Antes de que su primer bebé cumpliese un mes, ella ya estaba incorporada a su mesa. Enseguida se quedó embarazada del segundo y entonces cogió un año de excedencia. Anticipándose a su incorporación laboral, ella y su marido contrataron a una mujer para que atendiese a sus hijos porque no cuentan con ningún soporte familiar, ni abuelos ni hermanos. En este tiempo los han criado con la ayuda de Delia, una mujer de origen rumano que vivió en su casa interna durante cinco años.
«Acabamos implicados en su vida -dice Teresa-. La ayudamos a buscarle un trabajo a su marido, colaboramos para que viniera su hermana de Rumanía, le avalamos el alquiler del piso y un crédito de un coche. Ella era como de nuestra familia. Y un buen día me dijo que ganaba más por horas y que se iba. Hoy ya se me ha pasado el disgusto y sigue viniendo a ver a los niños».
«Ella tiene toda la autoridad»
«Eso sí -se muestra rotunda-, que nadie se confunda, esta no es una historia de criadas y señoras. Todas somos trabajadoras. Ahora está con nosotros Belkis, y entre las dos nos damos el relevo. Mientras una atiende a un niño por un lado, otra lo hace por otro. Los niños son lo prioritario, pero el respeto entre ella y yo, también, porque la relación es básicamente entre nosotras. Somos las dos las que estamos más tiempo en contacto y los niños tienen claro que Belkis trabaja y mamá trabaja. Y sobre todo que cuando mamá y papá no están, manda Belkis. Ella tiene toda la autoridad».
Si esta es fundamentalmente una historia de mujeres (aunque no solo) unidas por la maternidad, no todas la sufren con el mismo grado de desesperación. Por sus hijos hacen a diario esfuerzos insuperables, pero no todas con la misma suerte. Mientras unas, las afortunadas, pueden verlos y mimarlos a diario, otras luchan a cientos de miles de kilómetros de distancia por sacarlos adelante con la esperanza de traérselos aquí. Es la parte de muchas cuidadoras que, como Belkis Peña, dominicana de 35 años, han dejado a sus hijos en su país para ganarse la vida. Ella tiene tres, de 11, 8 y 5 años, y si todo sale como espera, dentro de unos meses llegará la mayor. Teresa, su empleadora, la ha ayudado en este proceso, aunque todavía no sabe cómo les afectará en su relación laboral. «Por el momento -dice Teresa-, ella está contratada como interna, pero en cuanto venga su hija habrá que ver cómo hacemos».
«Quiero darles una vida mejor»
Belkis llegó hace casi dos años a Galicia, donde su hermana lleva algo más de cuatro dedicada al mismo trabajo, pero como externa. Gracias a este apoyo familiar podrá criar a su hija mayor en espera de que sus otros hijos puedan venir de la República Dominicana. «Es muy duro. He llorado y lloro mucho. Los he dejado con mi madre, porque tenía claro que quería darles una vida mejor. Cada vez que mi hija me dice: ??Mami, yo quiero leche??, me desespero. También me da mucho miedo un embarazo precoz, por eso quiero traerme ya a la mayor. Yo volvería mañana mismo a mi país, allí tengo más libertad. Pero lo hago por mis hijos», explica.
Sin papeles y por horas
Teresa es sensible a su realidad y sabe que no todo el mundo está dispuesto a estos trabajos: «Hace dos años me puse en contacto con una agencia y ofrecí este empleo a mujeres españolas. Llegué a hacer 12 entrevistas sin ningún resultado, porque no querían ser contratadas legalmente. Cobraban otro tipo de prestaciones y no querían estar reguladas», dice Teresa.
Esta dinámica sin papeles es una de las particularidades de un trabajo que todavía arrastra determinados estigmas y que en Galicia aún desempeñan muchas mujeres de forma irregular, incluso como apoyo a otros ingresos institucionales. Es el caso de Ana María, que a sus 71 años, según narra desde nuestra redacción en Carballo Toni Longueira, cobra una pensión y cuida varias horas a la semana a un niño de dos años al que quiere como a un nieto más. «El niño duerme muchas veces en mi casa y me llama abuela Ana María. ¿Hay algo más bonito que eso?», añade. A su edad y con su vida resuelta, Ana María siente la necesidad de estar rodeada de niños y confiesa que el dinero es una ayuda, pero lo principal es el «cariño que les coges».
Mano izquierda con los pequeños es lo que tiene Conchi Guillén, coruñesa de 55 años, cuya vida profesional está vinculada a su cuidado desde hace 14 años. Su perfil es muy diferente al de Belkis o Silvia, aunque las labores que realiza sean las mismas. Conchi se presentó hace años a dos oposiciones, una del Sergas y otra de la Xunta, pero no consiguió plaza. Entonces su destino se le presentó claro: «He criado niños desde que nací. Fui tía a los 7 años y parece que al final me ha marcado».
De su profesión estima, además del trato con los niños, la confianza con sus empleadores: «Al principio me violentaba comer con ellos, éramos desconocidos y yo soy muy rara para las comidas. Pero siempre me he organizado con libertad. Me encargo de la casa y la prioridad son los niños, Clara y Diego». Y como menores que son, también le han dado algún susto: «Hace poco Diego salió del colegio con 40 de fiebre y me fui directa al hospital con él». Esas reacciones forman parte de un trabajo que requiere una enorme responsabilidad, una de las cualidades que Lorena y su marido valoraron en Conchi y que es recíproca: «A mi edad, con la que está cayendo por culpa de la crisis, es probable que en otro trabajo ya estuviese en la calle», explica Conchi.
Un esfuerzo que Lorena y José Luis han asumido como inevitable, dada la dificultad de conciliación de sus trabajos. Él es médico y ella enfermera, y en consecuencia su vida profesional se mueve a turnos y guardias de 24 horas.
Ni desgravación ni paro
«El desgaste económico -comenta la pareja- es significativo. Nosotros somos unos afortunados por tener un empleo estable, pero no dejamos de ser trabajadores de clase media que hemos sufrido una pérdida de poder adquisitivo y nos vemos obligados a contratar como miniempresarios. No contamos con ninguna ayuda ni desgravación fiscal. Con una particularidad, si mañana Conchi cogiese una baja, somos nosotros los que tenemos que pagar su seguridad social». «En contrapartida, creo que es injusto que después de haber estado cotizando, no tengan derecho a cobrar el paro», dice Lorena.
Esa es otra batalla que Silvia Bertrán, hondureña de 39 años, vivió hace unos años y que ella relata desde un punto de vista íntimo: «Lo más duro de este trabajo es cuando después de haber criado a los niños, de haber dormido con ellos, de darles tu cariño, un día sus padres te dicen que ya no te necesitan. Se sufre mucho. Por eso ahora que estoy embarazada valoro el apoyo de la madre de Nico y de su marido, porque comprenden el miedo que te entra a perder un empleo que, además, está cargado de afecto».