Algunos de los acontecimientos más espectaculares que nos depara el firmamento son al mismo tiempo tan sutiles que pasarían inadvertidos para cualquier observador no avisado. Es lo que ocurrió anoche con 2012DA14, un asteroide de 44 metros (la altura de un edificio de 15 plantas) que pasó a 27.700 km de la Tierra. Un impacto directo podría haber arrasado cualquiera de las áreas metropolitanas gallegas, pero a esa distancia el asteroide apenas se vio como un minúsculo punto de luz desplazándose entre las estrellas. Tan débil que no se veía sin prismáticos. Como las películas de terror, nos permitió disfrutar de un poco de miedo sabiendo que en el fondo no pasaría nada. Al menos esta vez, porque a pesar de que ya existe la tecnología para hacerlo, alrededor del 70 % del medio medio millón de objetos de este tipo que vaga por las cercanías de la Tierra todavía no se ha catalogado. De recordárnoslo se encargó esa otra roca procedente del espacio que sin ningún tipo de aviso se desintegró sobre los Urales, dejando tras de sí centenares de heridos y una oleada de asombro provocada por los vídeos que decenas de conductores fueron subiendo a Internet. Este objeto era mucho más pequeño que 2012DA14, pero el poder de las imágenes, y acaso también el irresistible atractivo de lo inesperado, hizo que el pequeño meteoro sin nombre le robase el fugaz instante de gloria que le había concedido un destino que, por fortuna, no era el nuestro.