Disciplina y atención constante. Son dos de las cualidades que han de mantener de por vida los enfermos de celiaquía, porque incluso ante cualquier producto inofensivo aparentemente libre de gluten se esconde una trampa. Si mantienen una dieta estricta su vida no es diferente de la de los demás, aunque sí más cara. «Nuestro día a día es muy caro y hay productos que pueden valer hasta tres veces más», explica Miguel Faraldo, que lleva trece años con la enfermedad. Él, al igual que otros afectados, tiene que tener mucho cuidado con lo que compra y dónde va a comer si lo hace fuera de casa, aunque cada vez hay un mayor número de restaurantes que tienen más en consideración a este colectivo.
«No te puedes fiar -dice- ni de una simple tortilla, ya que puede llevar levadura o colorante con gluten». Las trampas suelen esconderse en edulcorantes, colorantes o espesantes. «Incluso a algunas pipas les ponen gluten para pegarles la sal, o a los yogures para que floten las frutas y tengan mejor apariencia».
Otro inconveniente es viajar al extranjero. Hay que estar ojo avizor, aunque muchos optan por llevar la comida de casa. «Yo el año pasado fui a Estambul y me llevé una maleta cargada con productos», señala Miguel Faraldo.