Un amigo me comentaba hace poco lo qué ocurría en su casa cada vez que decidían jugar al Scalextric, que conserva como oro en paño desde que era pequeño (otros no fuimos tan cuidadosos). Van a buscar la caja al trastero con gran emoción, la abren en el salón en medio del alborozo general, se pasan una hora montándolo... y a los cinco minutos de darle al gatillo su hijo se cansa y lo deja solo entre pistas negras, barreras blancas y peraltes verdes.
Acostumbrados casi desde la cuna a manejar dispositivos digitales, a matar cerdos a pajarazos en una tableta o a correr todo tipo de aventuras y grandes premios en 40 pulgadas y Full HD con la Play, los niños de hoy no entienden de sentimentalismos analógicos. El Scalextric de toda la vida (eso que ahora nos venden como slot) triunfa en eBay, donde se pagan cientos de euros por las viejas cajas de Exin como la de mi amigo, e incluso por algunos modelos de coche muy codiciados. Pero ya no tiene cabida en los armarios infantiles.
Quizá sea el reflejo de una sociedad permanentemente insatisfecha con lo que tiene, o producto de una forma de entender la paternidad que consiente sentar a los hijos en tronos en sus cumpleaños, mientras abren con desgana un regalo tras otro. Pero el juguete tradicional nunca morirá, entre otras cosas porque los niños siempre podrán entretenerse con la caja.