Cuando saber asusta

Marcos Pérez

SOCIEDAD

08 nov 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

Con los asteroides potencialmente peligrosos corremos el riesgo de comportarnos como esos hipocondríacos que se enteran de la existencia de una enfermedad rara. Por más que les explican la baja probabilidad de padecerla, siempre piensan que les va a tocar a ellos. Lo cierto es que hasta hace unos años no podíamos detectar estos cuerpos, demasiado oscuros para destacar en la negrura del firmamento. Pero las actuales redes de telescopios automatizados ya logran detectar objetos de unos cuantos cientos de metros, minúsculos a escala planetaria pero suficientemente grandes como para ocasionar una catástrofe si llegan a impactar contra nosotros. Para hacernos una idea, un cuerpo de ese tamaño a 324.000 km equivale a una bala pasando a ocho metros de nuestra cabeza. Decir que nos roza sería una exageración, pero desde luego infunde respeto. En cualquier caso, el impacto de asteroides y cometas forma parte de la historia de nuestro planeta. Sus huellas se encuentran por todas partes, aunque hay que saber interpretarlas. A veces se presentan en forma de bruscas interrupciones en el registro fósil que delatan la extinción masiva de seres vivos (y una oportunidad para muchos otros). También aparecen en forma de depósitos minerales, como la fina capa de material rico en iridio que se depositó por todo el planeta al aposentarse la polvareda originada por el meteorito que contribuyó a poner fin a los dinosaurios. Incluso la Luna, que contribuye a barrer nuestra órbita de objetos amenazantes, es el fruto del impacto de un cuerpo del tamaño de Marte contra la Tierra primitiva. Y en el peor de los casos, puestos a poner fin a nuestra presencia en el planeta, ¿qué mejor manera que un gran espectáculo de fuegos artificiales organizado al auspicio de la Ley de la Gravedad?