El presidente de un tribunal de justicia que afirma que una sentencia solo la han de cumplir unos pocos (y al que la institución que lidera tiene que enmendar la plana poco después); una consejera y un Gobierno autonómicos que rechazan acatar las normas constitucionales, sindicatos que llaman directamente a la insumisión en las aulas... La polémica sobre el modelo lingüístico en Cataluña ha abandonado cualquier atisbo de seny y se ha convertido en un disparadero político, al calor de la incipiente campaña preelectoral. La defensa de un idioma no tiene por qué partir de la destrucción de otro. Dos horas a la semana es ridículo para el castellano, para el catalán e incluso para el inglés. Las lenguas son una riqueza, aunque algunos solo las utilicen para enfrentar.