Barquitos de papel. Endebles, elegantes, eclécticos, estables? o inestables. Correosos, rudos, decididos. Artificiosos o contenidos. Pequeñas estructuras inherentemente blanquecinas que surcan mares empapados de imaginación y esperanza. Recorriendo trayectos segmentados, abarcables con una propia pisada, acuerdan tácitamente con el viento su desaparición. Mientras un barco de papel navegue en cualquier lago de fantasía, el viento no manipulará su recorrido. Un Obama somnoliento centró su mirada en el gran monitor situado en el centro del despacho oval. En la pantalla de escasas pulgadas se retransmitía una operación de brutal trascendencia en la vida pública, política, social? En blanco y negro y con continuos vaivenes del cámara, con una retransmisión sonora cortante y con una tensión palpable que traspasaba el fino cristal por donde se exhibían las imágenes. Un reducido grupo de colaboradores acompañaban al presidente, y ninguno de ellos se atrevía a perturbar la aparente calma del mandamás. Cada susurro o silabeo proveniente de Afganistán resumía la atención de toda la contienda, y a nadie se le escapaba la magnitud de la operación. Una voz ronca fue capaz de romper el hielo. Provenía del otro lado del Atlántico. Alfa1 instruía a sus efectivos fríamente. Nada de solemnidad. Eficacia. Los discursos patrióticos podrían esperar, al menos, los quince minutos esperados para el operativo. La incursión en aquella fortaleza inhóspita y desalentadora, calculada matemáticamente, no levantó la sospecha de ninguno de sus habitantes. Tras ello, el equipo directivo de Barack asistía a un espectáculo dantesco, demonizado por el silencio del homicida, el silencio de la víctima. «Gerónimo, tocado y hundido», sentenció la misma voz. Como si de un juego de mesa se tratara. Había derrocado al capitán del turbio navío, pero este seguía en pie.