Desde muy pequeño le había gustado la astronomía, o, mejor dicho, aquella parte que estudiaba el sistema solar. Acudía muchas veces a la biblioteca en busca de libros, a ser posible con dibujos, que tratasen del sol, los planetas y sus satélites, pero siempre cogía un hermoso libro de gran formato que incluía un precioso y colorista dibujo del Sol y de sus planetas. De tanto ir y venir, en la biblioteca lo conocían por el niño de los planetas y cuando recogía su libro siempre le comentaba a la bibliotecaria que sus favoritos eran Saturno, por la fascinación que le producían aquellos misteriosos anillos, y el multicolor Júpiter, con su extraña pero a la vez hermosa mancha roja, la cual había oído tenía un tamaño de seis Tierras. Con el paso de los años el viejo libro de hermosos dibujos fue sustituido por otros con fotografías, primero en blanco y negro y luego en color, más tarde por vídeos y casi al final por las preciosas y precisas imágenes emitidas por las diversas sondas enviadas por el hombre al espacio y que de forma continua visionaba a través de la Red.
A medida que el tiempo pasaba, su fascinación por la mancha roja fue creciendo y creciendo y poco a poco se fue forjando un deseo cada vez más intenso de visitarla y explorarla, lo cual resultaba del todo imposible.
Un día, y mientras su aliento le abandonaba, sintió como una mano conocida de alguien a quien había querido y se había marchado tiempo atrás, cogía fuertemente la suya. En un instante se sintió arrastrado por aquella mano amiga y cuando pudo abrir los ojos notó como su cuerpo flotaba y flotaba en el vacío del espacio y como asido por aquella recia mano se aproximaba a un inmenso cuerpo de multicolores tonos ocres y amarillos, en el que destacaba aquella siempre hermosa, misteriosa e inmensa mancha roja.