La terraza del mar

Isabel Iglesias

SOCIEDAD

03 ago 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

Se encuentra en una cabaña de madera con una preciosa terraza ubicada en una zona acantilada de la costa. El hombre, de 65 años, pelo canoso, facciones surcadas por unas arrugas que le dan ese aire interesante y sabio de la gente que ha visto mucho mundo, observa el mar con sus grandes ojos verdes.

Le gusta sentarse en la mecedora de esa terraza siempre que puede a observar su quietud o su intempestuosidad, ¡es tan imprevisible!

De repente, a lo lejos, divisa un punto que se mueve. No está lo suficientemente cerca para saber si se trata de una persona o un animal, pero sabe que se acerca.

Los peores presentimientos se adueñan de él. Recuerda entonces aquella noche de noviembre cuando la tempestad arreciaba y otro mensajero (una anciana en aquella ocasión) llegó a la cabaña completamente empapada y exhausta.

Él tenía 4 años, pero lo recuerda vívidamente. Su madre, presa de un nerviosismo que contagió al resto de la familia (él y su hermana), abrió la puerta a la que la anciana llamaba con insistencia. Era como si lo supiera antes de que las primeras palabras brotasen.

-Atopárono morto na praia.

La anciana lo soltó a bocajarro, sin siquiera traspasar el umbral de la puerta en la que los rayos la iluminaban cada 20 segundos.

La noticia los sumió en una profunda tristeza. El marinero que sostenía a su familia exponiendo su vida cada vez que salía en invierno a ese mar, había muerto ahogado.

Ahora ve que quien se acerca es una joven y no viene sola. La acompaña una niña.

Busca sus gafas y observa atentamente como suben el camino de arena que conduce a las escaleras de su terraza.

-Hola papá- le dice la chica morena de ojos verdes-, esta es tu nieta.