¿Qué hemos conseguido?

Antonio Antela

SOCIEDAD

Hace ya 25 años que surgió el primer fármaco con actividad contra el VIH, el agente causante del sida. En los diez años posteriores le siguieron otros cuatro de la misma familia. Los resultados eran desalentadores: solo podíamos ofrecer a los pacientes que la evolución de la enfermedad fuera más lenta, pero no podíamos evitar que finalmente desarrollasen sida y muchos muriesen. Transcurridos 15 años desde la detección de los primeros casos, en 1981, asistíamos desesperados a la extensión imparable de la epidemia e impotentes a la pérdida de muchas vidas jóvenes. En 1996 se inició una nueva etapa: la llegada de los inhibidores de la proteasa nos permitía usar combinaciones triples que lograban por primera vez la recuperación clínica absoluta. Pero tenían, al menos, dos talones de Aquiles: causaban muchos efectos adversos y exigían a los pacientes tomar muchas pastillas al día. Ambos factores dificultaban el tratamiento a largo plazo de forma continua y con un cumplimiento adecuado, imprescindible para mantener la eficacia. Las perspectivas mejoraron algo con la llegada de los no nucleósidos, más sencillos de administrar, mejor tolerados e igual de eficaces.

El segundo salto cualitativo se dio en la última década por varios factores: la llegada de la segunda y tercera generación de inhibidores de la proteasa, más eficaces, más duraderos, más cómodos y mejor tolerados; la incorporación de nuevas familias de fármacos, y el desarrollo de combinaciones de tres fármacos en un único comprimido, lo que permite simplificar el tratamiento hasta su mínima expresión: un comprimido al día. Ahora tenemos más de 20 fármacos que podemos combinar de forma individualizada logrando un tratamiento sencillo, cómodo, bien tolerado, poco tóxico, eficaz y duradero. Gracias a ello, más del 90% de los pacientes tienen una infección crónica, que no una enfermedad, bien controlada, que les permite hacer vida normal, tener hijos y vivir tanto y tan bien como el resto de la población. Claro que su vida sería más agradable si el resto de la sociedad, cuya mentalidad no ha avanzado tanto como la medicina, no los discriminase por su condición de seropositivos.