Que Dios reparta suerte

La Voz PONTEVEDRA/LA VOZ.

SOCIEDAD

El sorteo de los toros antes de una corrida es todo un ceremonial. Los representantes de los toreros sacan los papeles con sus lotes de dos sombreros cordobeses

08 ago 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Si hay una frase que se oye en el mundo taurino es la de «Que Dios reparta suerte». Se dice en el paseíllo, entre quienes trabajan en la plaza y se siente, con profunda fe, en el sorteo de los toros que se celebra la misma mañana de la corrida. Pero no solo en manos divinas puede estar una tarde de gloria para un torero, sino también escondida en un hueco tan pequeño como el que forman unidos entre sí dos sombreros cordobeses.

En el caso de Pontevedra, uno de estos sombreros pertenece al coso y otro al mayoral de la ganadería protagonista de esa jornada -ayer la de Torrealta-. Pero antes de que el presidente del coso y los representantes de los toreros que participan en el sorteo lleguen a formular el famoso dicho hay todo un ceremonial que siempre repite los mismos pasos.

Tanto encanto tiene la plaza de Pontevedra llena como con las gradas vacías. Por la mañana, desde las nueve, la actividad está en la zona de toriles. Allí están José Vicente Martín, el torilero, y el resto del personal del coso chequeando puertas, engrasando las que pueden chirriar -«el toro siempre va al ruido»- pintando el albero y regando la manga, el pasillo que conducirá tras el sorteo a los morlacos hasta sus chiqueros, el lugar donde esperarán su turno para salir al ruedo.

Ya sobre las once y media la zona empieza a estar más concurrida. Es cuando llegan los aficionados que se agolpan en lo más alto de los tendidos de sol para ver a los astados -bonitos, bonitos-, y también los representantes de confianza de los toreros. Ayer, los elegidos por los matadores El Cordobés, El Fandi y Daniel Luque, eran banderilleros. Pero a veces, como dice Vicente, «hay sorpresas». Como la semana pasada, en que se paseó por el lugar Victoriano Valencia, apoderado y suegro de Enrique Ponce, o Roberto Domínguez, el actual apoderado de El Juli. Martín reconoce que para un aficionado como él, la sola presencia de estas figuras «ya me pone los pelos de punta».

Y se hace el silencio, solo roto por los cuchicheos de los banderilleros y, de golpe, con las bombas de palenque que anuncian las fiestas de la Peregrina. Los siete toros que guardan los corrales están separados. Dos, que parecen mucho más moviditos, permanecen en un apartado. Y sobre todo uno, que luego quedará como sobrero, Estudioso, no es lo que se dice amistoso con su compañero. «Eso parece ahora, igual luego ni embiste», me apunta un represdentante de El Cordobés. Como él, sus otros compañeros acuden cada uno libretita en mano para anotarlo todo. Bajan hasta situarse junto a los astados y protegidos por un muro van haciendo sus comentarios.

Acuerdo en los tres lotes

Tienen que ponerse de acuerdo en los tres lotes de dos que tocarán en suerte a cada torero. ¿Y cómo los eligen? «Pues por los pitones, por el pelo, por el peso...», dice un representante de Luque sin ahondar demasiado. Eduardo Lozano, el propietario del coso, dice que casi siempre suelen ir el más bonito con el más feo, «el de más peso y el de menos...». La deliberación no se prolonga mucho. Solo hasta que alguien advierte: «Venga, que se van dos, el día y el sol». Finalmente la lista queda así: el toro 1 con el 30, el 4 con el 73 y el 51 con el 23. El sobrero, el 22.

Y vamos al despacho del presidente. Allí, con el permiso de la autoridad, y también de los banderilleros -a cambio eso sí, de una futura ración de percebes- servidora se convierte en la única espectadora femenina del gran momento. Hasta para preparar los papeles hay tradición. Ayer fue el representante del torero de mayor edad el que los recibió, escribió los números y el del segundo los enrolló hasta hacerlos minúsculos y los introdujo con el «Que Dios reparta suerte». «Suerte para todo el mundo», añadió el presidente al cerrar ambos sombreros.

La casualidad ha querido, por ejemplo, emparejar a El Fandi con el hermano de Turco, el toro que le indultaron el pasado año en esta misma plaza. Y en general, las caras son de aprobación. «A veces no las palabras, sino los gestos, lo dicen todo», cuenta José Vicente Martín. No parece el caso. «Bien, bien, ahora por la mañana siempre bien, a ver luego...».

Los banderilleros también eligen el orden de los toros, siempre acorde con el estilo de sus maestros. Y ya solo queda meterlos en chiqueros, una tarea que requiere todavía más silencio y la retirada del público. Uno a uno, los siete astados van ocupando a la llamada su lugar. «Van enseguida, porque está más fresco», comenta otro asistente. Pero los corrales no quedan vacíos. Nada más terminar la faena con los de Torrealta comienzan a bajar del camión los victorinos que se lidiarán en la corrida de esta tarde. El veterano ganadero Victorino Martín y su hijo están también para comprobar el proceso.